miércoles, 11 de mayo de 2011

No ceiling


Go to the edge of the cliff and jump off. Build your wings on the way down.

-Ray Bradbury


Reencontrando.


MAN: But I am a man.
WOMAN: Yes, to a degree. That is a trifle abnormal. But not insurmountable.
-Myrna Lamb, But What Have You Done For Me Lately



Una o dos veces por año, con alguna módica variación, sueño algo que es como esto:

Estoy en un pasillo angosto, vacío, de paredes y piso tan blancos que dificultan la visión, iluminado de manera absoluta, con el techo alto, altísimo, que más que verse se adivina allá, muy arriba.

Estoy en cuclillas, en pose de Peter Parker, zapatillas, jean y remera, los brazos flacos llevando las manos al suelo (que está extremadamente frío) por entre los muslos. Voy y vengo con la vista. Una, dos, cien veces. En algún momento, lejos, en uno de los improbables extremos de este pasillo que se presenta a gritos como infinito, se escucha (y ahí recién aparece) el ruido de una puerta que se abre. Es dorada y sólida como el amor y está trabajada (hojas y pájaros y colmillos y abejas y trebejos y anotadores con espiral y muelles de reloj y uvas y crayones y cosas que entiendo como el temor o la esperanza o la ilusión o un apretón de manos) con preciosismo obsesivo, labrada dorado entre dorado, todas sus imágenes apretadas y en total autonomía. La puerta se abre con lentitud tectónica y me pongo de pie.

Enderezo el cuerpo hacia ese extremo de este zaguán celeste y cruzando los brazos me doy un par de golpecitos con las palmas bien abiertas en los hombros. Mano izquierda, hombro derecho, viceversa. Me miro las zapatillas, compruebo que estén bien acordonadas, levanto la vista y camino hacia la puerta.

"Soy un hombre", me digo, mientras avanzo.

Y luego, siempre,

Despierto.


Lenguas aladas silabean los nombres de los hombres.
-Milton, Comus, v.208


Me elevo lento y cetáceo por un cielo que es de vidrio y es morado y es imposible.

Soy una ballena, soy Fernando y soy una lengua rosada y venosa. Gigante y lento en un cielo que es imposible. Sin ojos (una lengua sin ojos) sé que puedo cantar. Canto mi nombre. Y suena bien. Canto los nombres que amo y se sienten bien.

Despierto.


-Cuando un sueño vuelve sin cesar es que intenta decirte la verdad- dijo Truecacuentos.
-O. S. Card, Alvin Maker: The Seventh Son



- ¿Sabés lo difícil que es?

- Claro, yo comencé esta conversación.

- No te vayas más.

- ¿Yo? Vos te fuiste.

- No, no. Yo estuve ausente físicamente. Vos te fuiste.

- No me vengas con tecnicismos. Y menos con tecnicismos pseudopsicológicos.

- Bueno, volvamos. No por ser puerco espín y hembra y azul la realidad es menos real para mí.

- Eso son un montón de palabras que nada significan.

- Verdad.

- ¿Entonces?

- Eso, idiota.

- No vas a dar el brazo a torcer, ¿no? La gracia está en mi mortificación.

- Si, si… lo sabemos.

- ¿Entonces?

- Eso, es muy difícil estar un tiempo con alguien. Compartir un pucho, una cerveza. O sea: REALMENTE. Ni siquiera hablo de cariño, cosa que nunca voy a poder entender. Hablo de alguien que tenga algo que hacer con el material de uno mismo. No sé si se entiende…

- Se entiende.

- … y no lo digo por pedante…

- Claro, y los peces no cagan en el mar.

- …pero ¿cuántas veces podés encontrar a alguien que aproveche el material que vos proveés? Alguien que catalice tus cosas mejores. No sé como exponerlo sin decir palabras fatales.

- Creo seguirte, pero es ponerte en una posición de superser.

- No, no, no, no. Hacé el siguiente ejercicio: tené cerca a alguien el tiempo suficiente y aislale sus muletillas intelectuales; aislale lo que tiene incorporado por el hecho de ser aquello que estudia; aislale todo casete de sitcom yanqui; aislale todo libreto ingenioso adquirido por el hábito. ¿Qué te queda? ¿Quién te queda?

- No sé, nunca se me ocurriría hacer eso.

- ¿Cuánto tiempo te dura esa cáscara? ¿Cuánto tiempo le dura la cáscara que esa persona ve de vos?

- No me escuchaste antes, ¿no?

- Sí, pero sigo. No queda mucho de casi nadie. Es muy difícil. Coordinar. Esa palabra es la más parecida. ¿Cómo hacés para coordinar con la gente?

- Salís, estás, hablás. Que se yo. Sabés que no sirvo para las cuestiones sociales. Soy un desastre. La imagen viva del flaco con la bolsa de papel en la cabeza.

- Igual digo para coordinar con alguien que…

- Todos son (¿todos somos?) un libreto de consideraciones repetidas, de opiniones seguras, de chistes que no sobrepasan cierto número de variaciones, de una cultura que no excede los límites de un estudio metódico. Es la misma puta seguridad en todo. No hay nadie. Nadie es nadie. ¿Eso es lo que querés que diga? Así no lo hacemos más largo.

- Es un comienzo.

- No sé que decirte, Milton. Quiero despertar.

Despierto.


But more wonderful than the lore of old men and the lore of books is the secret lore of ocean.
-H.P. Lovecraft, The White Ship


Es todo al revés.

La playa es de agua, los médanos, el terreno detrás de mí es de agua, los ciegos edificios de fondo están sobre toneladas y toneladas de agua.
Limpia y seca tierra se acerca y luego se va, arropando y destapando la playa de agua. Deja lo que no puedo dejar de pensar como espuma pero es polvo marrón y seco, tierra elemental que cubre el agua sin disolverse.

Me acerco caminando, descalzo, por el agua hasta la costa y empiezo a desvestirme.

La cabeza de un pájaro sale de entre la tierra y trina suave y ajeno.

Despierto.


Memory is the thing you forget with.
-Alexander Chase, Perspectives


El aire es limpio y frío y trae olor a pasto y a hojas húmedas. Es otoño y el amarillo manda.
Es una plaza grande, ninguna que conozca puntualmente, con un cajón de arena al final de un tobogán rojo y una cansada línea de encadenadas hamacas verdes y azules.
Estiro la mano (es lo único mío que se me presenta en el sueño) y reconozco la granulada superficie de un banco de piedra.

Veo a un hombre que está leyendo, mientras camina, un libro pequeño, de tapas verdes, que lleva abierto con la mano derecha, del otro lado de un estanque pequeño y cuadrangular con una fuente regular en el centro. Tiene anteojos y un vago parecido con Orson Welles. Tiene un abrigo gris y lleva una bolsa de madera marrón en la mano izquierda. Tiene zapatos de punta cuadrada y tiene mi sonrisa.

Se acerca por un camino de piedras pequeñas y heterogéneas y se sienta a mi izquierda. Miramos breves el discurrir del agua y los irrecuperables dibujos de las nubes en el cielo. Escucho su respiración (que es pesada y uniforme), la caricia de las hojas contra las hojas y el mínimo caminar de tres o cuatro palomas que se nos fueron acercando y nos ignoran con muchísima atención.

- ¿Nunca estuvimos acá antes, no?

Me dice, cerrando el libro y dejándolo sobre el banco, junto a la bolsa que se cierra en delgados pliegues de papel sobre papel sobre papel.

- No. No lo creo. No.

Miro los vacíos ojos de una paloma. La más gorda y la más cercana.

- No.

Repito.

- Que curioso. Creí reconocer este paisaje, que te incluía como a los árboles, a las hamacas y a las palomas. Creo que por eso tengo el libro y la bolsa.

Lo miro. No encuentro forma de quebrar el silencio.

- Hoy no va a llover, pero mañana sí. Tratá de no estar aquí mañana si vas a estar así en mangas de camisa. Va a ser una fuerte tormenta.

Me dice y asiento con un repetido movimiento de la barbilla.

Se va por detrás del banco. Escucho los zapatos de punta cuadrada contra las piedras del camino. No volteo.

Abro la bolsa de madera. Dentro hay un sánguche de pollo, pequeño y prolijo, envuelto en una servilleta de papel azul y otra bolsa, también de papel, llena con mendrugos de pan negro.

Le tiro la mitad del pan duro a las palomas y abro el libro donde está el señalador, que es una pequeña reproducción de una espada, de metal brillante y antiguo. Son las páginas 34 y 35. el libro es El Maestro y Margarita, de Bulgákov. Levanto alto las cejas mientras le doy un generoso mordisco al sánguche. Este libro es una de esas cosas que siempre consideré perdidas y que no iba a recuperar si no volvían solas.

Levanto la vista, pienso que sería genial tener un termo de café. Miro el cielo que está radiante y limpio y frío y pienso en que sería muy raro que mañana lloviera. Trago, con cierta incomodidad, el demasiado pollo y el demasiado pan del bocado y comienzo a leer.

Despierto.

Truth is the cry of all, but the game of the few.
-George Berkeley, Siris, 368


domingo, 24 de abril de 2011

Undr

El monótono ronroneo del aire acondicionado, el pertinaz ruido del motor, la absoluta indiferencia de la ruta, la concertada simulación de la muerte de las cuatro personas que viajan conmigo (conductor aparte, naturalmente) en esta camioneta Renault de modelo desconocido para mí, las dos y media de la mañana de un sábado, donde todo lo peor ocurre, todo acentúa la misma sensación.

Anteayer por la noche salgo a comprar puchos, cae aguanieve, el frío es constante y mordiente, el aire se siente purísimo y el cielo está del color de un trapo de piso viejo. El dueño del hotel en el que me hospedo me da un par de indicaciones crípticas, a las que asiento con cara de Indiana Jones. Camino a la deriva, al salir del hotel, tratando de entender las señas. Hago, deshago y rehago un par de cuadras, cruzo una plaza, recorro una vereda alta y angosta llena de rosales y manzanos, golpeo la puerta de una casa como cualquier otra (en estos pueblitos del sur de Chile los locales comerciales no se diferencian en nada con el resto de las casas) salvo por el color ciruela de la puerta (esta es una de las indicaciones que sí recordé) y espero un poco (eran pasadas las diez) mirando como las nubes negras se remueven como el estómago de un dragón con indigestión.

Me abre un chico que no debe pasar de los trece y paso a un salón grande que hace las veces de quiosco y almacén (abarrotes, recuerdo), pintadas las paredes de un verde indefinido, con olor a comida recién hecha y a cosas viejas y sencillas y con mostradores y vitrinas antiguas y preciosas que se repiten en madera barnizada y vidrio transparente por toda la estancia. Noto, sin curiosidad, que hay un jugo que se llama Andina que tiene la misma font (imagino que debe proceder del mismo lugar) y la misma estética general que nuestro Cepita y pido tres paquetes de Marlboro común, porque no suele haber box y siempre me avergüenza hacer que otra persona me diga que no tiene algo. Me siento un idiota por no preguntar de entrada si acepta plata argentina así que decido comprar un par más de cosas que no necesito para que, en el caso de que lo haga, no fuera tan odioso que le pagara con cien pesos, que es lo que llevo encima. Sí, así funciona mi vergüenza. Agarro una lata de cerveza fría, le pido un par de Mentos de frambuesa y dos envoltorios de un bocadito dulce (Juvenil) porque me recuerda al de los Snickers.

- Va a llover tantísimo.

Me dice el chico (que ahora recuerdo pecoso, pero no estoy seguro de que lo fuera), en chileno profundo y superrápido, sin mirarme a los ojos.

- Parece, ¿no? – quiero que parezca que entiendo algo sobre el clima - ¿Nevará?

- No, que va. Ya nevó el miércoles. Esto será pura agua y viento.

- Ah, -digo- yo llegué el miércoles.

Recuerdo la nieve y sentirme un gil por emocionarme desde el micro mirándola caer mientras que el resto de la gente (tampoco éramos muchos) no demostraba ningún interés.

Ahí se muere la conversación. Imagino que no había mucho que agregar a mi llegada del miércoles para alguien a quien eso le importaba poco. La lluvia es un tema, sí, pero que yo hubiera llegado el miércoles naturalmente no. Cuando lo razono me siento zonzo. Saco los cien pesos y le pregunto si acepta plata argentina. Me dice que el cambio es 130, asiento sin tener ninguna convicción comercial sobre este intercambio en particular, agarro los 58 pesos de vuelto que me da, me calzo fuerte la capucha de la campera, hago un repaso rápido de lo poco preparado que estoy para enfrentar un aguacero, meto los puchos en los bolsillos de la campera y la plata y las cosas que no son la lata de cerveza en el bolsillo trasero del jean y abro la puerta.

Apenas piso la vereda irregular, el cielo se rompe en mil pedazos.

Corro tratando de subirme el cierre de la campera (cosa que es imposible) y esquivando las muchísimas manzanitas que inundaban las veredas. Termino corriendo por la calle, cosa que es más húmeda, pero menos engorrosa.

Llego a la plaza y me meto debajo del techo de un quinchito que protege a un perrito marrón y a dos mesas de cemento cubiertas con venecitas azules y blancas haciendo las veces de escaques. Siempre me gusta la visión del ajedrez, no importa como aparezca.

Saco los puchos y enciendo uno mientas, ahora sí, me cierro la campera.

Estoy poco más de medio pucho asombrándome y disfrutando la furia de la tormenta. Las imposibles figuras que arma el viento con el agua, la inevitable oscuridad, los ojos limpios e inmediatos del cachorro, mi fascinación con el viento básico.

Como suelen suceder las cosas, sin solución de continuidad, tengo un caballo a mi lado. Gigante, negro, con tiras de músculos por todo el equino cuerpo, la testuz salpicada de blanco y los orificios nasales humeando. Un hombre, chileno, alto y flaco con un bigote finísimo y el traje usual del campo de saca la boina empapada y la tira sobre una de las mesas de ajedrez. Estoy parado junto al caballo. Humea el frío del agua sobre el cuero caliente del caballo. El olor es ajeno, extraño, pero no desagradable. Tiene algo de elemental y algo de sexual. Reprimo el impulso de tocarle el cuello, que palpita, vivo él solo, a la altura de mi oreja izquierda. Doy una pitada larga y abro la lata de cerveza.

Miro la lluvia, le doy un beso frío y tímido a la lata. Pienso, irremediablemente, en Totoro.

- Menuda lluvia.

Me dice el jinete de bigote mínimo.

- Ahá.

Digo yo, tirando el pucho y pensando en prender otro inmediatamente.

- Porteño, ¿No?

Me gustaría usar el viejo orgullo de decir que soy de Ituzaingó, de usar la gastada estirpe del Oeste, pero es mentira. Soy de Buenos Aires, soy de San Martín, soy de Olivos, soy de ningún lugar.

- Sí. ¿Cigarrillo?

- Seguro.

Enciendo un Marlboro y se lo alcanzo. Pienso en ofrecerle cerveza, pero entiendo que no es correcto.

- Pocas personas te pasan un cigarrillo encendido. Es un rasgo poco común.

Yo suelo ser un boludo asombrable. La palabra rasgo me inquieta más que el lluvioso y nocturno encuentro.

No digo nada.

No decimos nada.

- ¿Cuándo llegó?

La lluvia no cesa. No aminora. No deja de ser bella.

- El miércoles. Con la nevada.

- Ah. Es raro. Hace muchos, muchos años que no nieva en abril. Es temprano para nevadas que no sean de cumbre.

- Este es un año raro para mí.

Digo, sin saber sinceramente porqué.

- ¿Y por qué se vino hasta acá? ¿Vino solo?

Doy un trago largo a la cerveza (que es sinceramente buena y lamento no recordar ahora la marca) y calo el cigarrillo mientras, ahora sí, toco, apenas, el cuello del caballo.

- Solo, sí. Vine a pasar mi cumpleaños. Es mañana. Me agarró la lluvia comprando puchos.

Lamento inmediatamente haber usando la palabra puchos, sin saber si la iba a entender, pensando en que sonaba impostado o, peor, canchero.

Sigo, para evitarme seguir pensando en eso.

- Tampoco esperaba que nevara para esta fecha.

- Una decisión rara, también.

El jinete pita el cigarrillo, se lo saca de la boca y mira el ascua, recuerdo puntualmente el momento. Recuerdo mirar al perrito, que el perrito me mire, el ruido del viento, la humedad en las zapatillas, lo frío de la cerveza, lo que dijo a continuación.

- Cuando uno espera o no espera, las cosas siguen sucediendo igual. Look in the calendar, and bring me word.

[cierto, por mis ojos]

El inglés es perfecto. Se come al chileno en todo. Mi asombro me hace sonreír.

El mínimo pero vertiginoso momento de asombro ulterior aún ahora, escribiendo, me maravilla.

Soy, para bien o para mal, borgeano. No puedo ser otra cosa, de la misma forma en la que no puedo narrar de otra manera ni puedo sacarme un sweater sin dejarlo del derecho. Shakespeare es una consecuencia inevitable, también, de la forma en la que estoy construído. Macbeth y Henry V son lecturas anuales (y tal vez aquellas que más me satisfacen), pero siempre hay lugar y ganas para algo más. En Enero leí Julius Caesar otra vez, tal vez la cuarta.

- I will, sir.

Digo, sonriendo con el pucho en la boca.

El chileno arroja el cigarrillo a la lluvia, que no amaina y me sonríe. Baja del caballo, agarra la boina, la estruja y me pide otro pucho.

Sube al caballo.

- Ojalá encuentre lo que busca.

- Ese es un deseo peligroso.

- Lo sé. Gracias.

Se va.

Me quedo un rato bajo ese techo, jugando con el vientre de la perrita (era hembra) y terminando la cerveza. El frío y la lluvia son una mierda, pero sólo cuando existe la opción.

Escribo todo esto como una nota en el teléfono, porque el monótono ronroneo del aire acondicionado, el pertinaz ruido del motor, la absoluta indiferencia de la ruta, la concertada simulación de la muerte de las cuatro personas que viajan conmigo (conductor aparte, naturalmente) en esta camioneta Renault de modelo desconocido para mí y las dos y media de la mañana de un sábado, donde todo lo peor ocurre, acentúan la misma sensación.

Y porque, a pesar de la misma sensación, la maravilla (la Maravilla) siempre existe.

martes, 22 de marzo de 2011

Tinta china


Hace unos días compré papel, tinta china, portaplumas y plumines. El sueño que sigue disparó esa desusada compra.

Hasta los quince dibujaba como un poseso. Luego esa necesidad, que era abrumadora, remitió hasta desaparecer. No voy a hacer un análisis de lo poco afortunado de ello.

Nunca dibujé a nadie. A nadie en particular, mejor dicho. Esta vez sí. Y me sorprendí. Dibujé lo que recuerdo, lo que me queda, lo que entiendo de alguien. Sin otro modelo que la memoria (que es mucha) y sin otra herramienta (además de las obvias) que la urgencia extrema de hacerlo. Pensé que iba a ser liberador (como muchas otras cosas que pensé que iban a serlo) pero no funcionó de esa manera. De todas formas fue toda una experiencia. Estoy, aún, sorprendido con ello.

Luego, ahora incluso, volví a lo que siempre me calmaba de chico, con la palma de la derecha manchada de negro, hojas por todos lados y miles de idas y vueltas: dinosaurios anegados de escamas, astronautas y cosmonautas aislados entre excesivas estrellas, robots rígidos con esa adoración vintage por las cintas magnéticas y los heterogéneos botones y antenas, gente con la cabeza en llamas, bichos abisales plagados de ojos ciegos con múltiples pinzas, símbolos astrológicos, ojos gigantes con piernas pequeñas, quimeras, esfinges y tipos con capa y spandex que, oh, claro, no se equivocan nunca.

***

The single biggest problem in communication is the illusion that it has taken place.
- George Bernard Shaw

Es, indudablemente, tinta china. Es, también, un paisaje lunar. Blanco sobre negro, horizonte plano, vasto, salpicado de cráteres, dilatado en un montón de nada silenciosa. Es, también, el trémulo sueño de anoche. O de hoy, siempre los sueños son de hoy.

Hay, en la luna (o la Luna, no lo sé), un montón de piedras blancas, de agujeros blancos y de estrellas blancas que se recortan en el cielo de tinta china. Hay una sensación de iluminación por vela, de esmerada desprolijidad, de bordes imprecisos, de dibujo que se está reformulando segundo a segundo.

Hay un astronauta. Blanco y tubular. Parsimonioso y cabezón. Con las manos enormes y el visor oscuro, brillante y vivo como los ojos de una rata.

Es la imagen básica e infantil de un astronauta. El ideal sencillo: el casco gigante, los guantes excesivos, la mochila cuadrada, los muchos bolsillos, los innumerables cierres y pliegues, la placa del pecho desbordada de botones y leds.

El astronauta, naturalmente, soy yo. Camino por la superficie de tiza y agujeros con lentitud, bueno, lunar. Me miro las manos, los desorbitados guantes: anverso, reverso, anverso, reverso, anverso. Me miro las manos, los desorbitados guantes: silencio, manos, silencio, manos, silencio.

***

No hay sonido en este sueño. No suele ocurrir tal cosa.

***

Voy, como en casi todos los sueños, hacia adelante, hacia el horizonte liso, hacia el mar de tinta china tachonado de estrellas que es el cambiante cielo de este sueño y de esta luna.

Hacia el horizonte, siempre, siempre liso, siempre adelante, siempre lejano. Silencio y pasos lunares. Silencio y manos grandes. Silencio y feliz expectativa. Llegar es accesorio, ir, en silencio, es satisfactorio.

Hay, al rato, otra figura allá. Otro astronauta. Más sencillo, de espaldas, sin casco. Menudo, casi otra mancha blanca descuidada que se recorta mínima entre tanto cielo de tinta china y estrellas. De espaldas, sin casco, con bufanda. Creo que sabe que estoy pero no termina de ponerse de perfil, por mucho que parezca que vaya a hacerlo.

Vacilo. Muy poco. Sigo. Empiezo a bailar el largo baile de aflojar las múltiples tuercas mariposa (sí, el diseño es de niño, más de buzo de profundidad de los 50 que de astronauta) que unen el exagerado casco con el traje.

Me acerco, aunque la figura no crece. Reconozco, ahora, también, las manos, que no usan guantes.

Termino con las tuercas, que caen sin ruido y con una mínima efusión de polvo en la yesosa superficie lunar. Me quito el casco. Se libera mi cabeza. Lo que emerge es mi cara, a los diez, luego, también, y también al mismo tiempo, es la cabeza de un pájaro. La cabeza despeinada (sí, son plumas, lo sé), pequeña, inundada por ojos y pico, marrón y blanca salpicada de negro, inocente y tonta, de una alondra. Miro de costado, muy de pájaro, ya estoy más cerca y abro el pico.

***

Hay veces (a mí me pasa con mucha frecuencia) en la que parece que, infinitamente pero sin concreción, alguien (y muchas más veces ALGO) está por decir una cosa. Algo importante, importantísimo. Urgente y, sin que la palabra suene mal, porque no debe de hacerlo, fatal. Me pasa con el paisaje. O un animal, o la lluvia, o un buzón rojo en una esquina. A veces me pasa conmigo y a veces me pasa con alguna gente. Parece que están (que estamos), infinitamente pero sin concreción, por decir algo. Algo que se estira hasta lo imposible y nunca sale. Algo que uno entrevé y casi entiende, algo que gravita fuerte en ese momento mínimo en el que estamos por comprender y luego olvidamos por completo. Repito: muchas veces me sucede con cosas. Cosas que están a punto de decir algo y no lo dicen nunca.

***

El pico se abre. La ínfima, la casi nunca vista lengua de los pájaros, se asoma y se esfuerza en el silencio absoluto, en lo negro absoluto, en la tiza y la tinta china. Nada sale. Nada suena. Nada digo. Nada trino. Pestañeo, perplejo, con mis enormes ojos de alondra, y luego entiendo.

***

Despierto.

***

Te dibujé y me sorprendí. No termino de entender el dibujo. No sé qué es lo que estoy viendo. No me reconozco como autor.
Pude haber intentado, como hace mucho tiempo, dibujarme con capa y spandex. Pero, lamentablemente, me equivoco mucho.

martes, 25 de enero de 2011

Enero Veintitrés Veinticuatro

Si alguna vez tienen una inquietud a la que quieran inquietar, un viaje nocturno en micro debería exponer al fantasma emocional más duro.


apocatástasis.
(Del gr. ἀποκατάστασις, restablecimiento).
1. f. Fil. Retorno de todas las cosas o de cualquiera de ellas a su primitivo punto de partida.

La luz es escasa, pero es. No hay luna (no visible) y el cielo está tachonado con más estrellas de las que se pueden contar antes de perderse. Me veo las rodillas y el interior de los muslos. Estoy sentado sobre un tronco caído, los pies sobre el pasto alto y descuidado.

Hay olor a mí en el aire.

Quiero un cigarrillo. Busco y entiendo que estoy desnudo.

Entonces sé que sueño. Relajo los hombros, trato de acostumbrar la vista a esta penumbra y me veo otra vez las rodillas y el interior de los muslos.

Hay un gorgoteo confuso en algún lugar indefinido, delante de mí, ruido de agua que cae sobre agua. Creo conocer donde estoy. Acaricio distraído la corteza del árbol y me rasco la nalga derecha. Quiero un cigarrillo.

El agua no cesa, pero el ruido no está solo. Levanto la vista.

- Hace mucho que no te soñaba.

- No lo necesitabas.

- ¿Lo necesito ahora?

- Me estás soñando, ¿no?

- Ese razonamiento no es válido. Necesito un pucho y, ciertamente, no lo estoy soñando.

Se adelanta. Sus piecitos se mueven en un frufrú contra el pasto suave. Huele a lluvia y a crema hidratante y a tardes viendo Seinfeld. Me alcanza un paquete de cigarrillos cruelmente arrugado y un encendedor Bic negro. De los chiquitos.

Saco un cigarrillo, sorprendentemente recto, del atado y golpeo el filtro contra mi rodilla derecha.

- ¿Seguís fumando Phillips?

- La verdad es que no lo sé. Es lo último que recordás que fumaba.

- Oh. Entiendo.

Enciendo el cigarrillo y le devuelvo atado y encendedor. El brazo, elegante y firme -el último brazo que le recuerdo-, tiene la vieja pulsera de plata, enorme. La mano, las uñas comidas y el anillo cuadrado.

- ¿Lo necesitás?

Pito y la miro sin ninguna vergüenza. Lo pienso.

Posta, hace mil que no la soñaba. Lo pienso.

Bajo la vista, me miro la rodilla y el interior de los muslos y el pene, que cuelga como un juguete roto. Lo pienso.

- No lo sé.

- Bueno.

Enciende un pucho. Se sienta frente a mí y mira el cielo. Tiene un jean muy azul y una musculosa muy blanca. Está descalza. Fumamos en silencio mientras el agua se come al agua.

Se pone de pie.

- ¿Subimos?

Señala con la mano derecha, con el cigarrillo, la leve inclinación del terreno y el lugar de donde viene el ruido del agua. Se le nota la curva del pecho y el hueco de la axila. No usa corpiño. Beneficio del último recuerdo, también, asumo.

- Siempre me gustaron mucho tus tetitas.

Sonríe. Es una buena sonrisa.

- Sí. Lo sé. Son lindas.

Sonrío. Me siento bien. Porque es una buena sonrisa.

Se lleva el pucho a la boca y enarca la ceja izquierda.

Me ruborizo.

- Oh, sí, claro. Subimos.

Me pongo de pie y me saco un pedazo de corteza desprendida que tengo pegada en la nalga.

- Perdón.

La pendiente es suave y el pasto es blando. Hay una racha de aire nocturno que nos agita el pelo y nuestras voces suenan bien. La voz de ella es como un montón de cerezas en un bol. La mía suena como antes, a madera sin lustrar. Me siento bien. Porque son buenas voces.

Hablamos de comida y de cerveza, del capítulo de Friends con Gary Oldman y de una barra en un bar que ya no existe, de un juego de almohadas horrible, de un truck que nunca compré y de un tatuaje que nunca se hizo.

Entiendo que no necesito mirarla para verla. Sí bajo la vista y me miro el vientre.

- No empieces con tu cuerpo.

Me ofrece otro pucho, ya encendido. Lo tomo. Callado.

Llegamos a lo alto de la cuesta. Un riacho claro y fino, con tres saltos pequeños, que se ve como una cinta de plata (como una pulsera) bajo la luz, acaso más intensa ahora, de las estrellas, raya el paisaje todo desde la izquierda hacia la derecha.

El agua se ve fría y segura. Discurre con una velocidad que parece incorrecta para la poca inclinación del terreno. Hay algunos árboles (algunas siluetas de algunos árboles) del otro lado del río. El aire huele a libro nuevo. Me siento bien. Porque es un buen olor.

- Cambiá la pregunta. O cambiá las preguntas.

- No te entiendo.

- ¿Cuántas cosas querés negar en el mismo sueño? ¿Cuántas veces podés hacerte el boludo en un mismo sueño?

Sonrío. Estoy tocando el agua con el dedo gordo del pie derecho. Está helada.

- ¿Todas?

Sonríe. Me mira. Le brillan los ojos, muy negros. Se lleva el pulgar izquierdo a la boca y se raspa la uña con las paletas. Deja de sonreír.

-¿Es necesario?

La pregunta me supera, son muchas mis preguntas como para contestar todas con esta. Sin embargo no quiero (no puedo) quebrar este regalo nocturno.

- Sí.

Respondo y me sorprendo.

- ¿Todo este tiempo?

- Todo este tiempo. No sé, realmente, si es necesario. Sí es inevitable porque me importa. Sí es inevitable, porque es correcto.

- No. No lo es.

No voy a discutir. No entiendo el propósito. No sé siquiera si entiendo las preguntas. Sé, sí, que hace dos años esta mujer, este símbolo, era una esfinge y no hablaba y me detuvo noches y meses con una pregunta que no acerté a responder. Sé, sí, que puedo decir la verdad sin tener esa vergüenza inmanente que me cela en la vigilia. No quiero otra serie de sueños de esfinges. La primera pregunta de todas se responde sola: no. No necesito soñarla.

Lo entiende. Sonríe otra vez y, otra vez, le brillan los ojos.

- ¿Qué querés?

El agua burbujea, las estrellas guiñan y su voz es como un montón de cerezas en un bol. La mía ya no suena a madera sin lustrar.

- Todo.

- ¿Existe eso?

- Sí.

- ¿Existe eso, aún?

- No lo sé.

- ¿Sincero?

- Sincero.

Sincero en esa respuesta y en las demás. En las que no me hizo y ya me respondí mil veces.

- No te envidio para nada.

- Lo sé. Yo tampoco.

El aire se hace frío. La noche es hermosa.

Juntamos algunas piedras y las tiramos al agua, tratando de que caigan siempre en el mismo lugar. Me abraza, me dice al oído, con voz de montón de cerezas en un bol, una frase vieja y compartida, me deja un cigarrillo encendido y se va, los piecitos blancos acariciando el pasto suave.

Hay otro sueño que soñar. Que es sólo eso, nada más que eso. Pero me siento bien. Porque, a pesar de todo, es un buen sueño.