lunes, 30 de agosto de 2010

Rehearsal


Always speak the truth, think before you speak, and write it down afterwards.
-Lewis Carroll


-El tiempo es un cuervo que te rapiña la memoria.

Es un conejo, blanco, sólido, de una mirada intensa y roja, un poco triste y un poco antigua, el que me dice esto, desde una rama baja.

-En este momento, digo. Si tu presente es bueno, rapiña las bondades de lo anterior y te presenta las miserias de lo que dejaste, para olvidar el pasado. Si tu presente es doliente, rapiña los errores y las carencias, mostrando lo cálido, para que lo recuerdes. Sea cual fuere la situación, es errónea.

Tiro una piedra (negra, redonda, sólida, fría) contra unos de los muchos postes flacos y afilados que se alinean rayando de blanco el infinito espacio de pasto joven que se extiende delante de mí y del árbol que me cubre.

-De todas maneras, macho, estás en el peor extremo de la soga.

Alzo la cabeza y me pierdo en la anudada geometría de una rama que se bifurca en lo alto, con miles de pelitos dorados de sol quitándole contorno al verde de las hojas. Hay una oruga ahí, no más grande que un dedo, no menos antigua que las pirámides. No quiero escucharla.

-Si así fue, así pudo ser; si así fuera, así podría ser; pero como no es no es. Eso es lógica.

Las orugas no piden permiso para hablar.

-Claro.

Digo, con un intenso dolor en la parte baja del estómago y mil imágenes entre pecho y espalda.
Bajo la vista.
Pensar que desde chico fue siempre una de mis citas favoritas.
Ah, mierda… la angustia lánguida e impersonal puede llenarte como si no fueras más que un globo de piel, como si nada más existiera dentro de la prisión de tu carne. Odio esto. Odio el impulso de preservación de anular el pasado para poder continuar.
Una gota me lame la frente. No voy a mirar hacia arriba.

-Eso es lógica.

Busco otra piedra y se la tiro al mismo poste de antes. Lo hace estallar sin sonido alguno en una nube de tiza blanca.

-Ah, mierda…

Digo en voz alta.

El conejo enciende un pucho y lo cala intensamente.

-El dormir es un lujo de los niños, de los viejos y de los satisfechos.

Dice sin ninguna inflexión en su antigua voz de conejo.


**********


Despierto.


viernes, 13 de agosto de 2010

Ouroboros y Marlboros


Hace ya varios años (promediando el 2007), para probar otra forma de combatir ciertas urgencias de la mente y del espíritu, decidí tratar de narrar de forma ordenada el caos de un sueño particular (que avanzaba en una serie prolongada de sueños particulares y de los que depertaba con expectativas vagas que no sabía resolver) y pasarlo electrónicamente a texto pensando que, al exponerlo, se convertiría en eso, una narración, y dejaría de tener el poder que tienen los sueños.


El experimento, dadas mis limitaciones, tuvo un éxito modesto (los sueños no remitieron ni se vistieron de ovejas al verse disminuidos a la categoría de .doc) pero inició una serie de ejercicios que se prolongó en un medio que regalé al olvido hace bastante tiempo (este es el enlace de ese novel intento) y me apareó con otro propósito: juntar, también, sueños ajenos y hacer lo mismo. Durante un tiempo la idea tuvo cierta salud entre mis afectos y recibía textos, mails y charlas con sueños que pasaban por el tamiz de mi gusto y luego llevaba al Word. Este es un ejemplo acertado de tal hábito. Incluso hoy la casilla que servía para eso recibe, entre cientos de generosas ofertas para que pueda alargar mi pene, más desorden onírico y ajeno para ser escrito.


Hace, creo, año y medio dejé eso (hoy recorro el sitio y veo que hay muchas entradas sobre sueños, muchísimas) porque, como siempre, el mundo me comió ciertas inquietudes para reemplazarlas con otras y porque pasé de tener un sueño recurrente y que no encontraba forma de narrar (este sueño y esa frustración son un capítulo aparte) a no soñar más. Corrijo: a no soñar nada que me quemara para escribirlo. Y ahí quedó.


Tuve, en este tiempo último, un par de sueños que no comparten ni escenario ni actores. Que no están conectados salvo por el mismo sentimiento abrumador al despertar. Vuelvo, entonces, a intentarlo.


Hope is the feeling we have that the feeling we have is not permanent.

-Mignon McLaughlin


El tacto de la madera es gentil y nudoso.


Las manos son mías. No tengo forma de engañarme con eso. Son el rasgo que más distingo de mí mismo y el que más me agrada. Las dejo descansar sobre la firme mesa de madera oscura y áspera con cierta reticencia: tengo la mirada clavada en la azulada curva de la vena cubital y me distraigo con el viejo reloj de pulsera y el dibujo caótico del bello del brazo porque no puedo levantar la vista.


“Mierda”, pienso.


El rango de mi visión no alcanza el borde más lejano pero admite una sana porción de mesa noble y oscura. Ese espacio maderoso se llena con manos.


“Mierda”, pienso.


Las conozco, claro. Son pequeñas y frágiles, con las uñas mínimas pintadas con prolijísima falta de atención. Reconozco las cutículas y el anillo redondo. Las veo y pienso en calor y en miga de pan.


Se quedan ahí, relajadas, invadidas de dedos.


Las siento como una pregunta que no sé responder.


“Si esto fuera un libro”, pienso, “tendría muchas cosas que escribir sobre la forma en que las manos buscan a las manos”.


Las miro con fascinación y con ternura. Sé que sólo tendría que adelantar las mías para sentir el contacto de las yemas con las yemas. Para ejercer esa leve presión tan satisfactoria, tan entrañable, sobre las falanges. No puedo. Entrecierro las mías y siento crecer la angustia desde los apretados testículos hasta la boca del estómago.


“Si esto fuera una película”, pienso, “habría música ahora. Y me salvaría la vida”.


Giran las manos. La sensación de lo pequeño y de lo que debe ser protegido me anega como un agua espesa y dorada. Siento a mi sonrisa luchar por regir en mi cara. Siento esa satisfacción tan mía de entender lo que está bien y lo que debe ser hecho.


Abro mis dedos y me pierdo en la seguridad de saber que no voy a poder adelantarlos. De que no es correcto.


“Si esto fuera real”, pienso, “hablaría. Levantaría los ojos y dejaría que la sonrisa me coma la jeta. Diría que todo va a estar bien. Y sería verdad. Y podría quebrar esta inacción.”


Las manos se cierran y se abren. Pienso en pichones. Pienso en el cielo pampeano abierto, apenas salpicado de nubes, que disfruté en un viaje hace años y aún no olvido. Pienso en que las manos son compañía, en que son intimidad. Pienso en noches de tranquilidad, en el tacto de una espalda y en el tacto del cabello sobre una almohada.


Sí.


Adelanto las manos. El reloj se traba suavemente contra un nudo de la mesa, sorprendido por el quiebre de la inercia y dominado por mi torpeza. Los dedos avanzan con vergüenza pero con convicción.


“Si esto fuera un sueño”, pienso, “ahora despertaría”.


Despierto.




martes, 22 de septiembre de 2009

El amor SÍ dura para siempre



1990 -2009

Entre Alive y The Fixer hay diecinueve años de intimidad entre Pearl Jam y yo.

Hace dos días que vengo escuchando constantemente su disco último: Backspacer.



Un análisis de algo tan emocional, tan abismalmente íntimo como ese milagro que es la música que nos contiene por completo es supernumerario.

Pero sí quiero levantar la voz a pesar de haberme propuesto no hablar de esto salvo en persona y con quienes resueno de la misma forma. Decir dos o tres cosas:

- Lo mismo de siempre: AMO a Eddie Vedder. Con el corazón, con el cuerpo, con la mente y con el espíritu. Uno sabe que ama cuando sabe que alguien no puede ser reemplazado. Y Eddie es tan singular, tan mágico, tan hermoso, tan vigorosamente intelectual, tan ubicuamente sensible que no amarlo con marcialidad como lo hago es una herejía.

- PJ ya entra gravemente en la categoría de leyenda. Este disco, a los casi veinte años de su carrera es redondísimo, bien ejecutado (ahora estoy escuchando Unthought Known y tengo la piel de gallina), ecléctico, climático, maduro, generoso y demuestra que aún hoy la genialidad son un par de hombres sensibles que se despiertan todos los días a trabajar y a salvar nuestras almas porque es lo que les sale. Y les sale bien.

- Hoy estuve gran parte de la mañana escuchando Ramones. Enganché con la versión de I Believe in Miracles de PJ antes de pasar a Backspacer y colgué con la imagen de amistad que siempre me hizo sonreir entre Joey y Eddie. Got Some es el tema que más me gusta del disco. LEJOS de los demás. Es el tema con más rock que escucho desde hace décadas y hoy caí en algo: no me cuesta ni un poquito imaginarme a Joey cantando este tema. Y me pareció tierno. Y me pareció importante. Y, luego, me pareció gigante.

No voy a insistir en virtudes y detalles de color del álbum y la banda. Porque para eso está wikipedia y el resto de la internet y los muchos giles que gustan de ponerle estrellas, números y precios a aquello tan inasible y tan inclaificable como el hecho artísitico.

Sólo agrego, porque es un dato menor pero delicioso.

Backspacer es el nombre de la tortuga de mar de 375 kilos que Pearl Jam esponsoreó en la Great Turtle Race. Un evento para recaudar fondos para Conservation International secundada por National Geographic y bocha de instituciones conservacionistas. La carrera era de tortugas de mar que salían desde Canadá (o Alaska, no recuerdo, pero es casi lo mismo) e iban a desovar al Caribe. Se podía seguir (yo lo hice, café y banderita en mano) por internet con un lujo de detalles impresionante.






A cerca de quince días de salir, Backspacer ganó la carrera en una reñida final contra Nightswimmer, la tortuga esponsoreada por la otra banda que me cincela el alma: R.E.M.

No sé si hoy en día hay dos bandas que no se hayan vuelto una burla de sí mismos tan grandes, tan históricas y tan infuyentes como estas dos que aún sigan cambiando el curso de la música. Bueno, Sonic Youth también.

Escuchen el CD, abran el corazón.
Y si son medio mezquinos con eso...

Every time you can try
but can’t turn on
a rock song.

I got some if you need it.
I got some if you need it.
I got some if you need it.
I got some if you need it.

Sí.

I GOT SOME IF YOU NEED IT.

martes, 10 de marzo de 2009

Contact


Principiando, la idea desde hace más de dos años es mudar todos los engorrosos y fallidos escritos que se acumulan en los Spaces de MSN.

Es arrastrar hasta acá cosas de hace mucho tiempo. Aún no investigué si puedo cambiar la fecha de las entradas para que coincidan con la pretérita realidad.

Vamos a ver como va saliendo.

viernes, 24 de octubre de 2008

Milton LI

Esta nota va a estar "publicada"con su fecha original (octubre, 2008) y se saltea la forma en la que estaba importando las entradas a este medio.
Bueno, en realidad reactiva de manera no serial ese hábito porque lo había abandonado.
La rescato del limbo del 2008 porque hace un par de días en lo alto de la desvelada noche me crucé en la calle (en realidad fui bocineado por) con Nicolás y, como es inevitable entre personas que vivieron muchas cosas juntas y se alejaron, llenamos de pasado los huecos de la conversación sobre en qué estaba cada uno hoy por hoy.
La rescato porque sé que ahora ella está en Colombia y es una forma de mantener las piezas del rompecabezas de la vida medianamente a mano.
La rescato, también, porque si bien escribo muchas cosas incorrectas esta es una de las más sinceras y sentidas.




No person has the right to rain on your dreams.
-Marian Wright Edelman

Este es un vómito que tengo atragantado desde hace un par de semanas.
Es mucho, mucho texto. Y corté todo lo que pude. Es un exorcismo, no hace falta que se le preste atención.
Sepan disculparme.

El sueño en sí mismo no reviste mayor interés.
Merece cierta mención la cuestión estética del mismo.

***
Visualmente es como un dibujo a lápiz. Mucho blanco de fondo y ágiles líneas en negro que dibujan a las cuatro personas y a los pocos objetos.
De fondo hay un ruido (¿sonido?) que es una rara pero confortable amalgama de mar nocturno y radio fuera de sintonía.
Cuatro personas, un metegol y tres paquetes de cigarrillos comprenden todo el mapeado físico de los escasos cinco minutos-sueño (no confundir con el minuto-vigilia) en los que se desarrolla la excursión onírica de esa noche.
***

Soy muy competente jugando al metegol.
Limitado, sí, a estar en la defensa, que es donde marco la diferencia, pero muy competente en esa posición (que a mi entender es la crítica) de todas maneras. Incluso a veces brillante.


***
Estoy jugando al metegol con tres personas que conozco, sonrisa de Cheshire enmarcando un Lucky que se consume con parsimonia y vago humo.
El metegol es el mismo que me conoció durante mis diecisiete y dieciocho, esperándome como una Penélope de fierro y cuatro patas cada día hábil luego de salir del secundario. Un metegol noble, sólido, amante de la pisada y la pavota, censor del molinete y el gol del medio. Un metegol de dos defensores, para el hábil jugador de abajo, no como esos metegoles de apocados, con tres defensores, chiquitos y enclenques.
A mi derecha está La-Que-Ya-No-Está (la relación entre mi Director de Sueños y La-Que-Ya-No-Está es como la que tiene Tim Burton con Johnny Depp, siempre le encuentra un lugar); frente a mí un amigo que, erróneamente como suelo proceder, dejé de ver por volverme un boludo ocupado e ingrato. Igual él no se fija en eso y sonríe cuando la tiene pisada en el delantero del medio y nos miramos sonrisa (delantera) contra sonrisa (defensora) cuando le toca definir y quiere cancherearme una definición ciega.
La-Que-Ya-No-Está aprovecha este duelo para prenderse un Marlboro y acomodarse la musculosa.
La definición es defectuosa pero de todas maneras destila peligro. Demora una nada de tiempo más de lo conveniente y eso hace que la bola vaya muy hacia la derecha de mi arquero. Empujo el palo todo hacia delante y con el defensor derecho un toque inclinado hacia atrás mato la bocha y la llevo a la seguridad del fondo de la cancha para preparar el tiro desde abajo. La hago correr pegada a la pared trasera para pisarla con el defensor izquierdo (siempre pateé más fuerte con el izquierdo, mientras que el derecho es el sorpresivo que patea cuando parece que voy a moverla) ya que quiero sacudir un toque las cosas. Miro a mi delantera que, como marca el libro, levanta lo mínimo indispensable medio y delanteros, doy una pitada larga y dulce al pucho que se está quemando como el culo y busco la mirada del defensor contrario.
Es una cara que conozco. Femenina, clara, franca, alegre, con unas cicatrices que le tatúan toda la frente y la parte derecha de la cara.
***

Eso es sueño, la historia necesita una presentación.

En un lugar muy cercano, hace ya un tiempo considerable (recién estrenaban en TV Charlie’s Angels, Hitchcock dejaba un mundo más pobre al irse y un tal Miyamoto programaba el videogame de un mono que luego nos daría al personaje más conocido de la historia de los juegos), había una nena.
El pelo de un rubio rebelde, ganoso de hacerse pasar por paja o zanahorias jóvenes, según se le antojara. Tenía una sonrisa chiquita de dientes conejunos que se destacaba en una carita ovalada y desbordada de pecas. Gritaba (eso dicen) con unos pulmones envidiables y lloraba con énfasis. Tenía los ojos de un azul tan intenso que orillaba el negro. Del color que rodea a la luna en las noches donde las cosas buenas suceden con mayor frecuencia.

Se llamaba Melisa y era un buen nombre. Se lo había puesto su papá y, junto con un par de Polaroids que se habían mojado con café con leche y la incómoda sensación de los recuerdos cuando están muriendo desangrados, era lo único que le quedaba de él. Un día como cualquier otro agarró el Taunus rojo y dejó de ser. Mamá empezó a trabajar casi todo el día y a fumar y a cansarse cada vez más rápido. Del esfuerzo y de Melisa. Compartían una casita linda e incómoda que vendieron para mudarse a una casita menos linda e igual de incómoda.
Todas estas cosas las supe cuando comprendimos juntos, entre tragos y pitadas, que las infancias similares que tuvimos aunque sonaran tristes estaban plagadas de múltiples rasgos en oro y plata que no todos los demás tenían para apreciar o entender. Que disfrutamos de la magia de hacernos solos cuando chicos y de lo fuerte que eso te hace.
Melisa meditaba su diaria soledad a todo llanto en la casa desierta a veces y a veces con la ausente presencia de alguna rebuscada tía o de su abuela (que tenía pelos en la cara y olía a ropa mojada) y su mamá lloraba su diaria soledad muy, muy en silencio y muy, muy dentro en las noches en la cocina de azulejos cremitas con guarda bordó.

Una noche como casi cualquier otra mamá se quedó dormida apoyando la cansada cabeza en la mesita de fórmica de la cocina (llegaba a casa a las diez y media cuatro de los seis días que trabajaba) y la olla de los fideos empezó a bailar el impaciente baile del hervor. Melisa, sabiendo el ritual culinario de memoria, de tanto ver a mamá hacer fideos, sacó el colador de debajo del mueble de la pileta, se subió a una sillita y lo acomodó con pericia en la bacha de acero inoxidable. Luego, con manitos del tamaño de un Jorgelín triple, se dispuso a maniobrar con la olla llena de cintas de espinaca.
Mamá se despertó con un moco en el antebrazo y un miedo instintivo y horrible (ese que te hace que la saliva tenga sabor a clavos oxidados) cuando sintió y escuchó como la cocina se inundaba de agua hirviendo, cintas de espinaca y los espantados gritos de su nena pecosa.
Melisa era grito y carne roja. Los ojos gigantes y llenos de lágrimas y las manitos sacudiéndose espasmódicamente.

Para no ser el noticiero de Canal 9 voy a decir que Melisa salvó esos enormes estanques azul oscuro de milagro, que el pelo le creció con fuerza otra vez y que un par de operaciones (no eran esos tiempos cirugías estéticas descartables como los de hoy) le dibujaron sobre la mano derecha y el rostro el libro que todos los chicos y chicas leyeron con perversa curiosidad durante su torturada primaria y su asombrada secundaria.
Ese día, es obvio, cambió su vida. Melisa ya no lloraba, ya no se quejaba. Melisa jugaba y crecía. En lugar de huir y esconderse ponía le jeta en todos lados y hablaba más que nuca y con todo el mundo. Lloraba, claro, cuando se quedaba sola, ya que no era tonta. Evaluaba a la gente y a ella. Sabía. Pero igual iba para adelante.
La primaria terminó y ella se fue modelando como adolescente y estudiaba en el Emilio Mitre, de San Martín.
Allí adentro supe de ella. Yo no iba al Mitre, pero conocía a varios flacos de ahí y jugaba al fútbol e iba a ver a Todos Tus Muertos con ellos.

Siempre fui bueno para lastimar con la boca. Y en ciertas crueles ocasiones, muy bueno. No es algo que me produzca orgullo. A veces ni siquiera sé cuando soy un agresor. No es un mecanismo de defensa ni ninguna otra boludez de esas que se inventan para justificar estas cosas. Soy un imbécil, plano y llano.

Melisa tenía unas gambas y un culo celestiales. Cincelados a mano por un talentosísimo Pigmalión que entendía mucho de ojetes femeninos. Cuando me la presentaron ese fue un rasgo en el que reparé, naturalmente. Yo tenía dieciocho años y testosterona para exportar a todo el Mercosur. Y cuando se hubo ido ese día le comenté a Nico, que fue quien nos metió el uno en la vida del otro: “Que pavito que tiene Niki Lauda, ¿no?”. Un imbécil, sí señor, no hace falta que nadie agregue nada. Y no aprendí casi nada desde ese momento hasta hoy. Tampoco me bajó mucho la testosterona. Y, para mejorar más mi performance de ese día, desde ese momento en adelante, Melisa pasó a ser Niki.
Genial.
Fernando Urralburu, sorete profesional, mucho gusto.

A pesar de todo (ella sabía que yo era el doctorado en Ingenio Cruel que la había rebautizado) Melisa me hizo parte de sus cosas, que fueron las Cosas-de-Todos en ese grupo y ese tiempo. Y no sólo eso: me hizo notar, con nobleza, que era una piba fantástica. Gamba en el frío y en el dolor, fuerte para la bebida blanca y elástica para el pogo. Gran conversadora, muy mala cocinera y sospechosamente masculina al escupir y jugar al metegol con asombrosa habilidad. Y no sólo eso: me quiso, mucho y sin saber, como se quiere a los dieciséis.
Hablábamos mucho, compartíamos nuestras cosas, siempre supe que ella me quería.
Yo sabía eso porque ella me lo dijo, de la misma manera que sabía de su dolor al no ser querida en el plano físico. Sabía de las frustraciones, de los llantos, de las vergüenzas. Melisa era frontal.
Yo no. Soy un cagón. Siempre esquivé, sabiendo que ella sabía, que ambos sabíamos, cualquier tipo de opinión en ese aspecto.
A pesar esto nos compartimos con placer. La vida siempre fue más que generosa al repartirme las cartas de los amigos y los amores. Y a pesar de las manos que tuve siempre me las ingenié para jugar como el culo.
Yo sabía, como lo sé ahora, de la misma forma clarísima en la que lo sé ahora, que ella era una mujer hermosa. No voy a lo cursi de la belleza interior y esa mierda.
No, era hermosa por aguante, por fuerza, por recitar de memoria a Emerson, porque se reía hasta quedarse sin aire, porque tenía unos ojos increíbles, un vientre plano y un culito digno de una gráfica de Reef.
Tenía, también, algo que no hay que tener en la adolescencia: una diferencia. La quemadura estaba tan presente entre todos nosotros que incluso recuerdo haberle tomado la mano en dos ocasiones y que ambos nos sorprendiéramos.

Una de las últimas noches que compartimos fue una fiesta en el mismo Emilio Mitre. Un baile por no recuerdo que motivo. Una barra improvisada, algo de música y gente saliendo para fumar y entrando para tomar. Yo no había tomado nada esa noche. Le había dado unas pitadas mínimas a alguna cosa en las hamacas de la plaza de al lado y había entrado para despedirme e irme a casa.
Cuando me estaba yendo la vi de espaldas, en el pasillo a medio iluminar, mirando a través de un gran ventanal el patio entero. Me acerqué sin dejar de verle el traste y a unos dos metros le dije en voz alta que me iba a casa, porque estaba cansado.
Ella se dio vuelta y me abrazó. Creí en ese momento que había estado llorando. Hoy no pienso eso. Me abrazó fuerte y femenino, como a uno le gusta ser abrazado. La cabeza contra el pecho y la ingle con la ingle. La abracé y sentí calor, vértigo y miedo. Ella levantó la cabeza y me miró. Creo que dijo mi nombre, pero no lo sé con certeza. Por unos instantes todo el aire se perfumó con el dulce olor a Beldent de menta y sexo que sólo existe a esa edad (bueno, tal vez el estándar haya cambiado de ese día a hoy), ella dieciséis, dieciocho yo. La abracé lento y le acaricié con mi habitual torpeza romántica la espalda y el nacimiento de la nuca. Sentí los pechos tímidos contra mis costillas. Sentí calor y vértigo y miedo. Deseo. La quise.
Pensé en los chicos del grupo, en la quemadura, en mí y en una piba que me gustaba en ese momento y nunca tuve.
Pensé en el que dirán.
Le di un beso en la frente, sentí el relieve rugoso de la quemadura de tanto tiempo atrás, le sonreí con mi mejor Sonrisa Hipócrita (R) y le dije que me iba a casa, que lo pasara lindo.

Volví caminando, no más de veinticinco cuadras. Y me odié todo el camino. Me odio ahora. Esa noche, igual, dormí como un bebé.
Me vi con el grupo del Mitre asiduamente durante unos dos meses más y luego la vida nos separó. Con ella no volví a hablar de esa noche nunca. Dejamos de llamarnos por teléfono para ver como andábamos alrededor de un año después.

Vuelvo al sueño.

***
Es una cara que conozco. Femenina, clara, franca, alegre, con unas cicatrices que tatúan toda la frente y la parte derecha de la cara.
Melisa me guiña el ojo y me tira un beso. Doy otra pitada profunda, balanceo largo el palo de los defensores y le doy con alma y vida a la bocha.
***

Despierto.

Este sueño lo tuve la noche anterior a ir al traumatólogo en el centro de San Martín, una mañana diáfana y plena de sol.
Para aprovecharla decidí volver a casa caminando y visitar la plaza. Decidí caminarle alrededor, hacía mil que no andaba por Plaza San Martín.
Saqué fotos, compré garrapiñadas y me fui para donde están los juegos.
Me senté con el culo en la arena a comer la garrapiñada y no pude dejar de observar a una flaca que hamacaba a una nenita muy linda, con unos rulos inmensos y naranjas y la cara asaltada por pecas. Una mujer delgada y elegante, con unas piernas que se recortaban deliciosas contra el sol. Me colgué mirándola hasta que me di cuenta de que ella también me miraba. Pensé en que había cometido el más básico de todos los errores tácticos de la observación de mujeres y me paré incómodo cuando se fue acercando.

“¿Semi?” dijo.
*sorpresa mayúscula*
Encima yo tenía el sol en contra.
“Sí…” dije, inconsistentemente.
Sonrisa. Ahí tendría que haberla sacado. Tenía esa horrible sensación de saber que no sé algo que sabía.
“Soy yo…”
Hice un vago ruido que quiso parecer inteligible mientras que ganaba tiempo guardando la garrapiñada y pensando a toda velocidad.
Me mira.
“Melisa…”
Creí que iba a explotarme el cerebro… no recordaba a ninguna Melisa que se acercara a los veinticinco que es lo que le calculaba a Miss Mamá Rubia Zarpada.
Le sonreí con mi mejor Sonrisa Hipócrita (R) -pelotudo, mil veces pelotudo- y esperé.
“Niki.”
Muchas veces me sentí horrible, quise no estar donde estaba y que el mundo se olvidara de mí y aparecer luego de un tiempo. Esa fue una de ellas.

Hablamos no más de cinco minutos, ella está casada, su nena se llama Dana (y es un tornado naranja y rosa) y está viviendo a dos cuadras de la plaza. Su esposo es un colombiano que conoció en la UBA.

Está preciosa.

Sólo sabiendo como sé (como recuerdo ahora) en donde estaban sus cicatrices se puede llegar a ver algo del viejo mapeado de la cara de Melisa.
Y está preciosa sin tener en cuenta esto último.
Radiante.
Trato de no preguntarle nada, pero evidentemente se me nota y me cuenta que no hace mucho más de un año que se operó, regalo de la familia de su marido. Me muestra la mano y sonríe.
Me siento miserable. En ese momento y ahora.
Intercambiamos dos o tres formalidades más y nos despedimos sin la hipocresía de anotar números de celular o formular compromisos que sabemos que nunca cumpliremos.

Volví, como me había propuesto, caminando a casa. Me odié todo el camino. Y esa noche no pude dormir como un bebé.

Y necesitaba sacarme esto de adentro.

sábado, 16 de junio de 2007

Milton XL


Antes que nada: todos leímos Así habló Zaratustra. Sé que hay Dragón y León y lucha y blablabla. No sé nada de psicología (la desprecio, además) y me importa poco (no tengo ningún interés en) plagiar oníricamente a Nietzsche. Esto, simplemente, es. O fue, mejor dicho, así, los protagonistas aparecieron. Y se desarrolló de esta manera. Lo demás me chupa un huevo. Para mí es un ejercicio.

Soñar es cuando te vas a la cama por la noche, cerrás los ojos y te volvés loco.
Es ese periodo en el que hacemos lo mismo que un salvapantallas.
-Neil Gaiman

Se ve desde muy, muy arriba. Supongo que esa debe ser la cámara-nube.

Porque este es un sueño.
Estoy soñando demasiado.
Demasiado seguido, demasiado extraño, demasiado extenso, demasiado simbólico. Demasiado yo. Probé mil cosas para que deje de pasar. Esta es la mil y una. Exorcizarlos al embarrarlos transcribiéndolos, ensuciándolos con la fácil confusión de escrito de fantasía al azar.

Parece una pista de Nascar en miniatura. Y luego se va acercando, a buena velocidad, pero no excesiva. Pienso que es la cancha de River por unos segundos. Luego veo lo que es: la parte interior de un volcán, una terraza toda de rocas fundidas y un gran lago cristalino en el medio, en la boca.
Cambia la vista y estoy sentado en una laja grande de roca volcánica. Tengo unos jeans celestes muy, muy, muy gastados, unas zapatillas adidas blancas y azules que dejaron de hacerse cuando yo tenía veinte años, una remera de ese negro gastado por los lavados que debería tener un nombre ya que no es ningún color y una campera de corderoy marrón demasiado corta.
Veo con mis ojos (el lago, el borde lejano de los picos de la cima, el absoluto celeste del cielo) y veo desde afuera mío (yo, mi espalda, la forma en la que el viento me agita el pelo y la campera) casi al mismo tiempo.

Estos cambios de cámara son manejados oníricamente, por el director de cámaras de mi subconsciente, así que no voy a molestarme en explicarlos a menos que sea necesario. Sepan seguir la narración.

A mis pies hay otra piedra con forma de oreja gigante y plana. Están mis puchos, un encendedor rojo y mi celular. Pienso: “que raro, hace meses que no fumo”. El paquete de cigarrillos deja de tener escrito LUCKY STRIKE y pasa a leerse Meses-Que-No-Fumo: 4. Inmediatamente se transforma en una lagartija muy verde y muy fina y desaparece con una velocidad asombrosa debajo de la roca. Lo mismo decide hacer el encendedor, sólo que la lagartija es roja.
Sonrío.
El aire es increíblemente frío e increíblemente limpio. Huele como deberían oler los diamantes, si los diamantes tuvieran olor. Es tan limpio que mirando el pico más lejano de la parte más lejana de la cima del volcán veo a un chino y pienso: “el aire es tan limpio que si ese chino meara seguro que vería el chorrito desde acá.”
Empiezo a silbar Yellow Ledbetter sin dejar de sonreír y le empiezo a tirar piedritas al lago. Se hunden sin hacer (no me extraña porque nunca fui bueno para eso) patito y sin hacer (no me extraña porque esto es un sueño) ondas.
El sol es una enorme y perfecta pelota amarilla justo sobre mi cabeza e inunda todo de una luz tan prolija, tan total, que parece que estuviera dando lecciones de astro rey.

Escuché varias veces hablar sobre si soñamos o no en colores, con sonido, si podemos leer en nuestros sueños o no, si soñamos con olores… yo siempre soñé con todo eso, o esa impresión tengo al recordar cuando despierto. O sea, mis sueños incluyen todo el paquete: HBO, Cinecanal, el fútbol y, por descontado, el condicionado. Siempre me despierto al palo.

Me trepa por la pierna izquierda una rata grande, flaquísima, gris nube, hermosa. Tiene la cola muy rosada y gruesa como mi dedo índice. Se acomoda sobre mi muslo.
Me dice: “Yo soy vos. Tenés un mensaje.”
Miro el celular y empieza a sonar. En lugar de No Rain, que es el ringtone que uso para los SMSs, se escucha The Battle of Evermore con la sempiterna voz setentosa de Robert Plant.

At last the sun is shining, the clouds of blue roll by,
With flames from the dragon of darkness
The sunlight blinds his eyes.

En donde aparece la foto del remitente hay un ojo gigante, amarillo como un toda la pus del universo concentrada, con una zanja negra que
es pupila y es terror al mismo tiempo.
DRAGÓN dice abajo.
Abro el celular. "LAGO" dice el mensaje. Lacónico pienso (es una palabra que siempre la pienso, creo que jamás la dije en voz alta). Cierro el celular y miro el lago.
Se empieza a oler a frío, a dos pares de medias y camiseta dentro del pantalón. Y hay gotitas mínimas de agua en el aire. Como si el lago fuera un nebulizador gigante.
“Mierda”, decimos la rata y yo en estéreo.
La perfecta planitud de la superficie del agua se parte como si fuera de hielo y emerge una cosa gigante, grande como el mundo, negra como la nada absoluta y brillante como todas las lágrimas que todos los hombres lloraron durante todo el tiempo.
Es un dragón.
Abre las alas y levanta la cabeza mientras se endereza y deja que se le escurra el agua del lago. Es una enormidad toda petróleo y plata: escama negra de brillo cegador. Nunca ví nada más terrorífico en mi vida: es hermoso. Pisa el borde del lago con sus dos patas traseras que son como troncos de ombúes y, bajando la cabeza y mirándome fijo, se acerca hacia donde estoy.

A mí me dan mucha impresión (mucho miedito) las cosas que pueden pasarles a mis ojos. En el Health Channel una vez ví una operación en la que a un flaco le estaban sacando astillas de vidrio de los globos oculares. Yo tenía la piel de gallina, los dientes apretadísimos y sabía que no quería ver eso. Pero no podía dejar de hacerlo. Supongo que esa es la fascinación que usan algunas serpientes para cazar.

No puedo dejar de verlo. Enorme, negro, total. Huele a bronce recién lustrado con Brasso y a Eternidad. Huele a algo que sabés que hiciste mal y a la sensación de que nadie puede vencerte.
Me habla. No abre la boca.
No tiene nada que ver con la idea que tengo de telepatía. Esa cosa hecha de palabras que retumban en el cerebro con alguito de eco y mucho de acostumbramiento hollywoodense. Es una comunicación que me anega el cuerpo, que me llega de todos lados, que hace que toda la piel me tiemble como lo hacen los labios cuando los apoyás en un micrófono que está muy saturado. Un cosquilleo completo, con centro en el vientre y sin bordes, como cuando te lamen las bolas.

YO SOY VOS -me dice, ruge, me atruena- TENÉS QUE HABLARME. ES SOBRE LO-QUE-DESEA-TU-ALMA. DEMORARLO ES INÚTIL.

Miro a la rata. Me mira la rata. Estas dos últimas cosas son simultáneas.
Creo entender. Algo oscuro se agita trémulo el fondo de mi conciencia. No llega a formarse nada, sólo una sensación de… ¿hambre, caza? El dragón levanta la cabeza, sonríe (¿SONRÍE?) y remite. No desaparece, remite. Está ahí,

(es gigante, no sé si se los dije antes)

pero no está ahí. No sé como definirlo mejor. Da un paso atrás en la realidad.

EL TELÉFONO" me susurra en el vientre antes de replegarse entre las capas del mundo.

Suena el teléfono. El dragón ya está empezando a parecerme irreal. En lugar de No Rain o de The Battle of Evermore, que son los ringtones que uso para los SMSs normales o los de dragones negros, se escucha Patriot con la, también, setentosa voz de Steve Van Zandt.

I was talking with my sister
She looked so fine.
I said baby what's on your mind.
She said I want to run like the lion
Released from the cages
Released from the rages
Burning in my heart tonight.


La imagen del remitente es una corona. La imagen ideal de una corona para quienes no vimos ninguna corona real (en ambos sentidos): dorada, metálica, cuatro majestuosas puntas señalando circularmente hacia el cielo.
LEÓN dice abajo.
Lo dejo sonar un poco, hace mil que no escucho esa canción. Lo abro. SELVA, dice el mensaje. ¿Selva? Pienso.
Cierro el celular y, como es lógico en la ilógica geografía de los sueños, miro hacia la selva (recién advertida, recién formada) que se esfuerza en una confusión de verde y de ramas y de lianas y de humedad a mi derecha, contra la afilada pared de roca del volcán.
El aire de pronto se vuelve cálido y aterciopelado y se siente, de forma no desagradable, como una amalgama de sudor y pasto y de tierra y de sol y hambre y del sabor metálico de la sangre.
Miro a la rata. Me mira la rata.
Luego, surge.
Es todo músculos. Fuertes correas que llevan y traen kilos y kilos de músculo se prenden y apagan, suben y bajan bajo su cuero en cada uno de sus movimientos.
Es un león. Es lo que hubiera hecho Pininfarina si Dios se hubiera tirado a chanta en el diseño del rey de la selva y los felinos.
Tiene una melena desproporcionada, regia, del color de una cancha de tenis mojada. Si hubiera habido un incendio forestal en el Edén, seguro se hubiera visto como esa melena. Tiene el cuerpo del color de la infinita arena del infatigable desierto y la misma variedad de tonos de amarillo y ocre y naranja que las hojas de la plaza Devoto en otoño le bailan desordenadas por los pliegues de la piel cuando se mueve.

Si pudiera pronunciar la palabra majestuoso como lo hace un locutor de National Geographic lo haría, para que me ayudara a definirlo.

El león ES y, además, se siente, porque él está ahí, un cierto cambio en el centro de gravedad de todas las cosas.
Tiene los ojos dorados y espesos como la miel fresca. Esos ojos de inteligencia intimidante rigen una cabeza imponente, alzada y (obvio) felina que gobierna un cuerpo de una plasticidad y fuerza perfectas.
Se mueve con la gracia y la parsimonia de la odalisca más peligrosamente mortal de la creación hasta donde estoy yo y me mira y cuando lo hace comprendo como deben sentirse los juzgados por la divinidad, sea cual fuere en la que creyeren.
Como siempre que tengo miedo o estoy irrecuperablemente triste quiero escapar por el humor. “No me digas nada, -ensayo una sonrisa y fracaso, opto por no sonreír y veo que sonrío en serio- vos sos yo, estamos en Narnia y ahora me vas a ronronear un montón de filosóficas verdades en la panza.”
La rata sonríe, nerviosa, desde mis piernas. Tiene el mismo miedo que yo.
El león abre la boca, tiene las encías del color de las ciruelas maduras y la lengua (que es grande como mi cara) es tan encarnadamente roja que parece hecha de un solo rubí.
“Después” me dice, porque habla, con una suavidad saturada de desprecio. Mira a través de mí y tuerce la cabeza en un gesto que si no tuviera terror en estado sólido me arrancaría un suspiro de ternura. Le brillan los ojos y se le iluminan los bigotes. Me doy vuelta y el dragón vuelve a ingresar en el mundo moviendo toda su gigantesca y escamosa negrura de toneladas con la misma facilidad con la que una gimnasta rumana de trece años se agacha atarse los cordones. Hace un pequeño movimiento con la cabeza (como si dijera que sí) y salta hacia el lago. El león hace lo mismo.
Ya no hay lago, hay un enorme desierto de tierra seca y piedras desperdigadas y malezas que ni siquiera merecen un nombre en botánica.
Y el aire está plagado de sonidos de respiraciones de bestias y gruñidos de entidades poderosas y se sacude y se expande y se contrae y se calienta y crece como si un dragón negro y grande como la noche más larga y el león más brillante y fuerte de la historia estuvieran midiéndose y probándose y atacándose y esquivándose en una lucha ciclópea.
Que es justo lo que está ocurriendo.
La rata me mira, hay miedo y ansiedad y excitación en sus ojos de tintero. Miro a la rata, hay miedo y ansiedad y excitación en mi mirada.
Ahora que pasó lo más sorpresivo caigo en la cuenta de un hecho que es fantástico, incluso para un sueño: la voz del león es igual a la voz de Barry White.

Can't get enough of your love, babe.

Ya es muy tarde, y esta semana la estoy laburando entera, son muchas horas, sigo la semana que viene.
No resta mucho.

sábado, 2 de junio de 2007

Milton XXXIX



Y cuando despierto mis sueños son locura, maldición.
-Browning

Kisa sueña el sueño sensual y atento de los gatos.
Como todos sabemos los gatos, cuando sueñan, sueñan con tigres.

Hay sol y rige el cielo.
El calor es bochornoso. La humedad es mucha. El clima es perfecto.
Lame (sólo por lamer, sus sentidos -su atención-, están en otro lado) el agua cenagosa y tibia de la orilla del río. Antes de que se rompa en decenas de facetas circulares puede ver brevemente su terrible rostro de tigre: grande, suave, naranja, predador. Como el de sus padres y los padres de sus padres y los padres de ellos. Miles de anaranjadas generaciones rayadas en negro y blanco se juntan en ese rostro.
Entra con displicencia y gracia en el agua. Disfruta, con esa forma sensual y atenta de los gatos, de la sensación (si volara la sabría como la que sienten los pájaros al volar) del agua contra el pecho: la resistencia mínima de aquello que luego envuelve.
Nada. Elegante, como nadan los tigres.
Huele. La selva siempre huele a oscuridad, a sexo y a tierra; a vida y a muerte y a celo y a grito. También, cuando se dedica a oler, como ahora, huele a miedo y a caza.
Tiene apenas por encima del nivel del agua los implacables ojos de ámbar abiertos y expectantes. A cinco metros (ya son cuatro) un jabalí se limpia la piel en el barro seco de la orilla. Es una buena pieza: pequeña, carnosa, de cuello grueso. Está demasiado feliz mezclándose con el barro y el sol y el día perfecto como para poder oler, él también, su miedo y la caza. Como para escuchar a la infinita muerte naranja con dientes.
Ocurre.
Es un borrón de tigre y de sol y de agua y de cerdo. Naranja y rojo y verde y marrón.
Afortunadamente para todos la muerte en la selva es rápida y sencilla. Un par de patadas al cielo, un gemido ahogado que se escapa por un hocico pequeño que escupe sangre roja y brusca y brillante.
Kisa aprisiona el cuerpo mientras va perdiendo el calor bajo las poderosas garras blancas y negras. Mantiene la boca aún cerrándose, perfecta, sobre el cuello nudoso y manchado del jabalí.
Aún minutos después de que el jabalí dejara de presentar resistencia no tiene apuro en abrir las mandíbulas. Puede seguir el protocolo. Puede dejar que la adrenalina se vaya sola. Que la sangre acaricie, como un amante generoso, sus encías rosa profundo.
El camino de vuelta al cubil es tranquilo. Pleno de verde y olores familiares. El jabalí abunda en carne más no pesa mucho.
Huele, siente, sabe, como todas las madres, la presencia de sus cachorros.
Salen, con majestuosa torpeza, sucios y del todo tigres, a recibirla desde detrás de los juncos.
Son tres, huelen a saliva y a pis y a agua estancada y a amor y a mañanas pasadas.

Kisa gira mientras sueña y se acomoda. Y gime (muy bajito) ese gemido sensual y atento de los gatos.

Deja la comida en el suelo y procede a deshacerla con oficiosa prolijidad. A separar toda la carne de los huesos. A ofrecer los cálidos y jugosos órganos internos antes que otra cosa a la hambrienta turba que se pisa y se muerde para llegar primero. Con estudiado aburrimiento los corre con fuerza y amor de un zarpazo varios metros hacia atrás. Los cachorros (dos nenas, un machito, el cuarto murió en el parto) pestañean con perplejidad ante el doloroso cariño materno y vuelven a la carga todo dientes y entusiasmo.
Kisa se echa a un costado, satisfecha, a limpiarse las garras y el pecho.
Mira con orgullo como sus hijos hipan y comen atolondrados y extasiados la carne caliente y jugosa del cerdo. Mira, con ese sensual y atento amor de las gatas madres, sus terribles rostros de tigre: pequeños, suaves, naranjas, predadores. Como el ella y el de sus padres y los padres de ellos.
Y como las miles de anaranjadas generaciones rayadas en negro y blanco que engendrarán esos rostros.

Kisa despierta, se estira (ya imaginan como) y va a buscar su alimento balanceado (pollo y verdura, para gatos más bellos y para un pelo más brilloso) a la cocina. Después hace pis en su cajita con piedras y pide que le abran la puerta para ir un rato al techo de la fábrica de al lado a buscar un par de cucarachas para despuntar un poco el instinto.

A Kisa la castré a los cinco meses. Nunca va a poder ser mamá.

Kisa, cuando sueña, como todos deberíamos aprender, sueña con tigres.












sábado, 12 de mayo de 2007

Hile, Gunslinger!


"Will you drink to the Earth, and to the days which have passed upon it?
Will you drink to the fullness which was, and to friends to have passed on?
Will you drink to good company, well met?"
Brindis hecho por Roland de Gilead, ante los ancianos de Paso del Río.


Hará cosa de un mes compré (Feria del Libro, la disfruté mucho) los dos cuerpos que componen el séptimo y último volumen de La Torre Oscura.
Los terminé en muy poco tiempo.
Y me siento un poco más solo.

Estuve mucho tiempo dando vueltas con esos pibes. Casi seis mil (¿alguien se da cuenta de lo ENORME que es ese número?) páginas siguiendo a Roland y a su ka-tet (sus ka-tets), la evolución del mito y las formas en las que se desenrolla la Alta Lengua. En un mundo con un olor tan fuerte a western y a verdad y a sudor y a sonrisa y a pérdida y a pólvora que era difícil de dejar.

"Mister, we deal in lead."
Steve McQueen (Los Siete Magníficos)

Siete libros escritos en un lapso de treintaitrés años.
Roland Deschain de Gilead, Eddie Dean, Susannah Dean y Jake Chambers de Nueva York y Acho de Mundo Medio ya no están conmigo.
El viaje terminó.

Will you drink to the fullness which was, and to friends to have passed on?

Eso. No voy a cometer la imprudencia de dar un juicio sobre si terminó bien o mal, sobre los avatares de los personajes o lo que hay en el último piso de la Torre, pero sí quiero decir que me siento un poco más solo.


Pero el ka es una rueda. Y cuando el ka gira el mundo gira también.
Roland es más de lo que un personaje de ficción generalmente propone. Y agradezco haberlo conocido. Y a Jake.
Y sé que es letra-caca, pero he disfrutado muchísimo durante todo el camino. He llorado con el libro cuarto (el mejor, para mí) y con el último. Dos veces. Es una gilada, si.



So fell Lord Perth, and the countryside did shake with that thunder.

Y lo repito: era compañía lo que sentía cuando me sumergía en Mundo Medio, Mundo Final y las infinitas versiones de
Piedra Angular.

Magia.
Pocas veces se puede pedir más que eso a un hecho artísitico.


Long days and pleasant nights.
(May you have twice the number)

sábado, 3 de marzo de 2007

Milton XXXV

‘Remembering speechlessly we seek the great forgotten language, the lost lane-end into heaven, a stone, a leaf, an unfound door. Where? When? O lost, and by the wind grieved, ghost, come back again.'
- Thomas Wolfe - Look Homeward, Angel


En la tierra de la Memoria, el tiempo siempre es Ahora.
En el reino de Tiempo Atrás, los relojes marcan las horas… pero las manecillas no se mueven.
Existe una Puerta Ignota
(oh, perdido)
y la memoria es la llave que la abre.

Los Fantasmas entran. De a uno y de a tres. De a uno y de a docenas.
Estamos acostumbrados

(ellos, yo)

a eso, no es el espacio normal el que restringe sus movimientos.
El lugar es igual de plural que sus caras.
Dejan

(donde sea)

su cálido equipaje. Estamos acostumbrados a eso.
¿Siempre fue así?
Siempre es así.
Se desparraman y laten: miles de gotas de inmutable pasado caen de las valijas y las mochilas, de las manos y los bolsillos. Caen y chocan y cantan al chocar.
Una melodía de tibieza que inunda pero no sofoca, que se desarrolla con parsimonia y con el desorden de los

(sueños, ¿sueño?)

sueños.
Una multitud que no tiene formas definidas. Ni materia.
Un pájaro de miga de pan, de besos y sueño, de atardeceres de lento sol y noches de cerveza y descubrimiento. De la conspiración amarga de un cigarrillo compartido para compartir algo más importante. De sábanas sin sueño

(un pájaro que vuela)

y sueños sin sábanas.
El paraíso está dentro mío si no cometo la imprudencia de olvidar

(oh, discordia)

o, peor aún, de juzgar.
Las gotas pueden arrasar el alma.
Pero eso no sucede.
Se forma y cae la cascarita del dolor y otra gota se suma para cantar con el resto.
Atemporal.
Simple, desnudo, paraíso.
La risa

(gotas)

del Gordo Adrián antes de que la apagaran.
Un paseo a la perra en una tarde perdida.
Tres palabras (¿cuatro?) dichas con los ojos claros.
Un pan

(gotas)

con manteca y la fascinada mirada atenta a las manos callosas del abuelo.
La tortuosa enredadera en forma de cara de gato comiéndose una pared en una casa que ya no existe.
Ignorando las duras fronteras del presente por un instante los fantasmas no mezquinan el infinito dulzor de tantísimos momentos de asombro y amor.
La orgullosa

(gotas)

mirada de mi vieja, la irresistible sonrisa de mi hermana.
La vertiginosa responsabilidad ante cada gesto de amor recibido, la abrumadora satisfacción por cada sonrisa dibujada en una cara amiga.
Palabras y pieles y sueños tatúan el mapa del alma.

(oh, perdido, y por el viento abatido)

Saber usar la herramienta del recuerdo para adecuar el futuro a nuestra forma hace que los fantasmas no pierdan el tiempo.

En la tierra de la Memoria, el tiempo siempre es Ahora.
Existe una Puerta Ignota.


viernes, 27 de octubre de 2006

Milton XXV


Hamlet: Whether 'tis nobler in the mind to suffer
The slings and arrows of outrageous fortune,
Or to take arms against a sea of troubles,
And by opposing end them.

Hamlet, III, i

Nico Belz murió hoy a la madrugada.

Ayer a la noche a un Palio azul le fallaron los frenos y los aplastó a él y a su moto contra una camioneta. Su novia me llamó hace 10 minutos.

Nico tenía 30 años, un perro negro y tonto y oloroso más viejo que las pirámides y una remera de los Ramones que le envidiaba desde nuestros 17 años.

Ayer a la noche yo estaba tomando cerveza, comiendo pizza y hablando de David Lynch y Time Spiral, muchísimos chinos estaban yendo a laburar, en la tele alguien decía un lugar común sobre el superclásico y la tierra giraba sobre su eje como siempre.

Hace un buen rato que quiero ponerme a escribir de nuevo.

Hace un buen rato que me vienen sucediendo cosas bastante fuleras. Algunas muy mucho. Estos últimos meses -con un pico notorio hace una semana- estuvieron salpicados con ganas de empezar cosas y entusiasmo y con esas pequeñas y grandes tragedias que nos son comunes a todos, lo sé, pero que en lo singular, como siempre, son mi mundo y van socavando lo positivo. Desde nimiedades económicamente engorrosas como la rotura del lavarropas hasta un desgarrón emocional al cual aún no puedo verle los bordes.

Lo último que Nati me dijo hace un rato fue: “No es justo, Semi.” La pregunta se grita sola. ¿Es justo? ¿Es justo el mundo, la vida, la muerte, lo que sucede, lo que nos sucede, lo que me pasa?

Tengo esa respuesta y otra pregunta con otra respuesta.

La respuesta es: no lo sé, probablemente no. La pregunta que sigue es: ¿importa eso, está bien?

Paso y quiero.

No, no importa. Y sí, está bien.

Esta es una opinión muy personal, naturalmente, pero creo que el hecho de que el universo sea injusto (si es que el universo tiene que ser medido moralmente como una persona, cosa que es absurda pero creo que se me entiende) está bien.

Por supuesto que no apoyo la causa del universo al anegar para siempre la vida y los sueños de un tipo que dejó una guitarra sin estrenar, el proyecto casi terminado de comprarse un departamentito con la novia y a su equipo de amigos sin un zurdo muy habilidoso y medio morfón. Una acción que le robó a la economía de sus afectos probablemente cuarenta millones de minutos de risas, de consuelo, de cariño, de calor.

Con Nico fuimos a ver varias veces a Todos Tus Muertos, íbamos juntos a comprar faso a la placita del Emilio Mitre algunos viernes, nos sacábamos los ojos discutiendo sobre X-Men y Avengers y nos turnamos el peso de las mochilas de nuestros primeros desengaños amorosos. No éramos grandes amigos. Nos queríamos bien y nos veíamos eventualmente pero sabíamos aprovechar generosamente nuestras afinidades. Y me duele mucho mucho la pérdida.

Vuelvo a mi reflexión personal. ¿Patalear por eso?

No.

El hecho de que ciertas injusticias (si es que lo son, nadie conoce todas las causas y efectos) sucedan -me sucedan- hace que este mundo me mantenga como socio inversor.

Me explico: no todas las injusticias son cosas nefastas.

Yo estoy seguro de no merecer las maravillosas cosas de las que disfruto. Esto no es un elegante malabar de palabras y falsa modestia. Es verdad.

No creo que sea justo (que yo haya hecho méritos) que yo disfrute de un mundo que incluya a mis amigos, que son abismalmente generosos y nobles conmigo a pesar de quien soy. No tengo forma de justificar, sabiéndome, el amor de las mujeres a las que fue un orgullo y un privilegio tener a mi lado mientras les duraba el error de estar conmigo. Tengo demasiada (demasiada, demasiada) suerte con la gente que me quiere o me quiso. Esa injusticia es tan dulce que me maravilla todo el tiempo.

¿Es justo que un padre, una novia, un amigo pierda de forma irrevocable a un hijo, un novio, un amigo? ¿Sacarse un cuatro después de dos semanas de estudio, ostracismo y esfuerzo? ¿Que llueva después de lavar el coche? ¿Hacer 1-2-Drop luego de dos meses de testeo y cien mangos en cartas? ¿Que una nena muera de leucemia a los cuatro años? ¿Que Cruz haya ido al mundial? ¿Que la mujer a la que uno ama con tanta sinceridad y plenitud que asusta elija ser estrella en cielo ajeno? ¿Que Francella siga actuando?

No lo sé. Creo que no.

Pero sí sé que yo tampoco merezco un mundo que me ofrezca la compañía y la sonrisa de mis amigos; tener a las más sexy y cariñosa de las gatas y las tostadas con manteca. Un mundo que sin haber hecho nada meritorio me dio una madre fuerte y una hermana admirable, me dio a Radiohead y a los Skittles. Un mundo que me regaló la gloria de que la más hermosa de las mujeres que haya conocido me diga te amo, a Dragonball y a Chesterton y a River. Un mundo que sin pedirme nada me de el ron blanco, la sedosa textura de unas cálidas tetas de dama y Watchmen también es injusto.

No se si está bien vomitar todo esto, estoy escribiendo sin red, pero hoy prefiero agarrarme de esas injusticias. No son ni más ni menos que las otras.

Y no soy de los imbéciles que hablan de vasos medio llenos.

Duele como si Roberto Carlos tomara seis metros de carrera dentro de tu pecho y te pateara el corazón.

Todo esto duele como la reputísima concha de su madre.


domingo, 24 de septiembre de 2006

Milton XXII


-Hey.
-You came after me.
-I had to. People like you an' me don't find each other too often in this damn world. Please come with me, Tulip.
Reverend Jesse Custer, Tulip O'Hare - Preacher, LXVI, 14


Hoy a la mañana me devoré Preacher. Por segunda vez.
Es tan... tan jodidamente bueno. Inefablemente bueno.
Igual no iba a eso.
Jesse y Tulip son la pareja perfecta. A eso iba.
Amor. Suena pelotudo. Porque lo es.
Pero toda buena historia es una historia de amor.
Y pocas son como esta.


Until the end of the world.






martes, 6 de junio de 2006

Milton XX


Se necesitan, con inexistente urgencia pero muchas ganas:

  • 500 toneladas de madera de roble (para una buena quilla)
  • 100 toneladas de madera de pino (pino bueno, para mástiles)
  • 100 toneladas de cualquier otra madera o más de la anterior (para construcción de puente y dependencias)
  • 1200 metros cuadrados de lona fuerte y apretada
  • 3500 metros de soga de cáñamo (nueva en lo posible)
  • 30 cañones de hierro fundido para balas de cañón de 11 kilogramos
  • 120 balas de cañón de 11 kilogramos
  • 80 mosquetes en buen estado
  • 500 kilogramos de pólvora
  • 1500 perdigones
  • 80 sables
  • 80 puñales
  • 300 kilogramos de hierro
  • 200 kilogramos de bronce
  • 3000 litros de alquitrán
  • 1000 litros de ron blanco
  • 200 kilogramos de limón
  • 500 kilogramos de carne curtida a la sal
  • 3 astrolabios
  • 3 catalejos
  • 1 loro políglota (español, francés, inglés)
  • 75 personas fuertes y con pocos o ningún prurito social, aptitud para recibir órdenes y cumplirlas de inmediato, con conocimiento de armas del siglo 17, astronomía y navegación y lucha cuerpo a cuerpo y con armas blancas.

Quien pueda y quiera colaborar, puede hacérmelo saber por este medio.

A todo aquel que se presente por la participación humana (CV en mano), luego de superar una oportuna revisación psicofísica, se le garantiza participación en las ganancias de todo saqueo, quema y/o violación en que las actividades mercantiles de la empresa a formar incurra.

Muchas gracias.

Atte.

Milton