sábado, 16 de junio de 2007

Milton XL


Antes que nada: todos leímos Así habló Zaratustra. Sé que hay Dragón y León y lucha y blablabla. No sé nada de psicología (la desprecio, además) y me importa poco (no tengo ningún interés en) plagiar oníricamente a Nietzsche. Esto, simplemente, es. O fue, mejor dicho, así, los protagonistas aparecieron. Y se desarrolló de esta manera. Lo demás me chupa un huevo. Para mí es un ejercicio.

Soñar es cuando te vas a la cama por la noche, cerrás los ojos y te volvés loco.
Es ese periodo en el que hacemos lo mismo que un salvapantallas.
-Neil Gaiman

Se ve desde muy, muy arriba. Supongo que esa debe ser la cámara-nube.

Porque este es un sueño.
Estoy soñando demasiado.
Demasiado seguido, demasiado extraño, demasiado extenso, demasiado simbólico. Demasiado yo. Probé mil cosas para que deje de pasar. Esta es la mil y una. Exorcizarlos al embarrarlos transcribiéndolos, ensuciándolos con la fácil confusión de escrito de fantasía al azar.

Parece una pista de Nascar en miniatura. Y luego se va acercando, a buena velocidad, pero no excesiva. Pienso que es la cancha de River por unos segundos. Luego veo lo que es: la parte interior de un volcán, una terraza toda de rocas fundidas y un gran lago cristalino en el medio, en la boca.
Cambia la vista y estoy sentado en una laja grande de roca volcánica. Tengo unos jeans celestes muy, muy, muy gastados, unas zapatillas adidas blancas y azules que dejaron de hacerse cuando yo tenía veinte años, una remera de ese negro gastado por los lavados que debería tener un nombre ya que no es ningún color y una campera de corderoy marrón demasiado corta.
Veo con mis ojos (el lago, el borde lejano de los picos de la cima, el absoluto celeste del cielo) y veo desde afuera mío (yo, mi espalda, la forma en la que el viento me agita el pelo y la campera) casi al mismo tiempo.

Estos cambios de cámara son manejados oníricamente, por el director de cámaras de mi subconsciente, así que no voy a molestarme en explicarlos a menos que sea necesario. Sepan seguir la narración.

A mis pies hay otra piedra con forma de oreja gigante y plana. Están mis puchos, un encendedor rojo y mi celular. Pienso: “que raro, hace meses que no fumo”. El paquete de cigarrillos deja de tener escrito LUCKY STRIKE y pasa a leerse Meses-Que-No-Fumo: 4. Inmediatamente se transforma en una lagartija muy verde y muy fina y desaparece con una velocidad asombrosa debajo de la roca. Lo mismo decide hacer el encendedor, sólo que la lagartija es roja.
Sonrío.
El aire es increíblemente frío e increíblemente limpio. Huele como deberían oler los diamantes, si los diamantes tuvieran olor. Es tan limpio que mirando el pico más lejano de la parte más lejana de la cima del volcán veo a un chino y pienso: “el aire es tan limpio que si ese chino meara seguro que vería el chorrito desde acá.”
Empiezo a silbar Yellow Ledbetter sin dejar de sonreír y le empiezo a tirar piedritas al lago. Se hunden sin hacer (no me extraña porque nunca fui bueno para eso) patito y sin hacer (no me extraña porque esto es un sueño) ondas.
El sol es una enorme y perfecta pelota amarilla justo sobre mi cabeza e inunda todo de una luz tan prolija, tan total, que parece que estuviera dando lecciones de astro rey.

Escuché varias veces hablar sobre si soñamos o no en colores, con sonido, si podemos leer en nuestros sueños o no, si soñamos con olores… yo siempre soñé con todo eso, o esa impresión tengo al recordar cuando despierto. O sea, mis sueños incluyen todo el paquete: HBO, Cinecanal, el fútbol y, por descontado, el condicionado. Siempre me despierto al palo.

Me trepa por la pierna izquierda una rata grande, flaquísima, gris nube, hermosa. Tiene la cola muy rosada y gruesa como mi dedo índice. Se acomoda sobre mi muslo.
Me dice: “Yo soy vos. Tenés un mensaje.”
Miro el celular y empieza a sonar. En lugar de No Rain, que es el ringtone que uso para los SMSs, se escucha The Battle of Evermore con la sempiterna voz setentosa de Robert Plant.

At last the sun is shining, the clouds of blue roll by,
With flames from the dragon of darkness
The sunlight blinds his eyes.

En donde aparece la foto del remitente hay un ojo gigante, amarillo como un toda la pus del universo concentrada, con una zanja negra que
es pupila y es terror al mismo tiempo.
DRAGÓN dice abajo.
Abro el celular. "LAGO" dice el mensaje. Lacónico pienso (es una palabra que siempre la pienso, creo que jamás la dije en voz alta). Cierro el celular y miro el lago.
Se empieza a oler a frío, a dos pares de medias y camiseta dentro del pantalón. Y hay gotitas mínimas de agua en el aire. Como si el lago fuera un nebulizador gigante.
“Mierda”, decimos la rata y yo en estéreo.
La perfecta planitud de la superficie del agua se parte como si fuera de hielo y emerge una cosa gigante, grande como el mundo, negra como la nada absoluta y brillante como todas las lágrimas que todos los hombres lloraron durante todo el tiempo.
Es un dragón.
Abre las alas y levanta la cabeza mientras se endereza y deja que se le escurra el agua del lago. Es una enormidad toda petróleo y plata: escama negra de brillo cegador. Nunca ví nada más terrorífico en mi vida: es hermoso. Pisa el borde del lago con sus dos patas traseras que son como troncos de ombúes y, bajando la cabeza y mirándome fijo, se acerca hacia donde estoy.

A mí me dan mucha impresión (mucho miedito) las cosas que pueden pasarles a mis ojos. En el Health Channel una vez ví una operación en la que a un flaco le estaban sacando astillas de vidrio de los globos oculares. Yo tenía la piel de gallina, los dientes apretadísimos y sabía que no quería ver eso. Pero no podía dejar de hacerlo. Supongo que esa es la fascinación que usan algunas serpientes para cazar.

No puedo dejar de verlo. Enorme, negro, total. Huele a bronce recién lustrado con Brasso y a Eternidad. Huele a algo que sabés que hiciste mal y a la sensación de que nadie puede vencerte.
Me habla. No abre la boca.
No tiene nada que ver con la idea que tengo de telepatía. Esa cosa hecha de palabras que retumban en el cerebro con alguito de eco y mucho de acostumbramiento hollywoodense. Es una comunicación que me anega el cuerpo, que me llega de todos lados, que hace que toda la piel me tiemble como lo hacen los labios cuando los apoyás en un micrófono que está muy saturado. Un cosquilleo completo, con centro en el vientre y sin bordes, como cuando te lamen las bolas.

“YO SOY VOS -me dice, ruge, me atruena- TENÉS QUE HABLARME. ES SOBRE LO-QUE-DESEA-TU-ALMA. DEMORARLO ES INÚTIL.”

Miro a la rata. Me mira la rata. Estas dos últimas cosas son simultáneas.
Creo entender. Algo oscuro se agita trémulo el fondo de mi conciencia. No llega a formarse nada, sólo una sensación de… ¿hambre, caza? El dragón levanta la cabeza, sonríe (¿SONRÍE?) y remite. No desaparece, remite. Está ahí,

(es gigante, no sé si se los dije antes)

pero no está ahí. No sé como definirlo mejor. Da un paso atrás en la realidad.

“EL TELÉFONO" me susurra en el vientre antes de replegarse entre las capas del mundo.

Suena el teléfono. El dragón ya está empezando a parecerme irreal. En lugar de No Rain o de The Battle of Evermore, que son los ringtones que uso para los SMSs normales o los de dragones negros, se escucha Patriot con la, también, setentosa voz de Steve Van Zandt.

I was talking with my sister
She looked so fine.
I said baby what's on your mind.
She said I want to run like the lion
Released from the cages
Released from the rages
Burning in my heart tonight.


La imagen del remitente es una corona. La imagen ideal de una corona para quienes no vimos ninguna corona real (en ambos sentidos): dorada, metálica, cuatro majestuosas puntas señalando circularmente hacia el cielo.
LEÓN dice abajo.
Lo dejo sonar un poco, hace mil que no escucho esa canción. Lo abro. SELVA, dice el mensaje. ¿Selva? Pienso.
Cierro el celular y, como es lógico en la ilógica geografía de los sueños, miro hacia la selva (recién advertida, recién formada) que se esfuerza en una confusión de verde y de ramas y de lianas y de humedad a mi derecha, contra la afilada pared de roca del volcán.
El aire de pronto se vuelve cálido y aterciopelado y se siente, de forma no desagradable, como una amalgama de sudor y pasto y de tierra y de sol y hambre y del sabor metálico de la sangre.
Miro a la rata. Me mira la rata.
Luego, surge.
Es todo músculos. Fuertes correas que llevan y traen kilos y kilos de músculo se prenden y apagan, suben y bajan bajo su cuero en cada uno de sus movimientos.
Es un león. Es lo que hubiera hecho Pininfarina si Dios se hubiera tirado a chanta en el diseño del rey de la selva y los felinos.
Tiene una melena desproporcionada, regia, del color de una cancha de tenis mojada. Si hubiera habido un incendio forestal en el Edén, seguro se hubiera visto como esa melena. Tiene el cuerpo del color de la infinita arena del infatigable desierto y la misma variedad de tonos de amarillo y ocre y naranja que las hojas de la plaza Devoto en otoño le bailan desordenadas por los pliegues de la piel cuando se mueve.

Si pudiera pronunciar la palabra majestuoso como lo hace un locutor de National Geographic lo haría, para que me ayudara a definirlo.

El león ES y, además, se siente, porque él está ahí, un cierto cambio en el centro de gravedad de todas las cosas.
Tiene los ojos dorados y espesos como la miel fresca. Esos ojos de inteligencia intimidante rigen una cabeza imponente, alzada y (obvio) felina que gobierna un cuerpo de una plasticidad y fuerza perfectas.
Se mueve con la gracia y la parsimonia de la odalisca más peligrosamente mortal de la creación hasta donde estoy yo y me mira y cuando lo hace comprendo como deben sentirse los juzgados por la divinidad, sea cual fuere en la que creyeren.
Como siempre que tengo miedo o estoy irrecuperablemente triste quiero escapar por el humor. “No me digas nada, -ensayo una sonrisa y fracaso, opto por no sonreír y veo que sonrío en serio- vos sos yo, estamos en Narnia y ahora me vas a ronronear un montón de filosóficas verdades en la panza.”
La rata sonríe, nerviosa, desde mis piernas. Tiene el mismo miedo que yo.
El león abre la boca, tiene las encías del color de las ciruelas maduras y la lengua (que es grande como mi cara) es tan encarnadamente roja que parece hecha de un solo rubí.
“Después” me dice, porque habla, con una suavidad saturada de desprecio. Mira a través de mí y tuerce la cabeza en un gesto que si no tuviera terror en estado sólido me arrancaría un suspiro de ternura. Le brillan los ojos y se le iluminan los bigotes. Me doy vuelta y el dragón vuelve a ingresar en el mundo moviendo toda su gigantesca y escamosa negrura de toneladas con la misma facilidad con la que una gimnasta rumana de trece años se agacha atarse los cordones. Hace un pequeño movimiento con la cabeza (como si dijera que sí) y salta hacia el lago. El león hace lo mismo.
Ya no hay lago, hay un enorme desierto de tierra seca y piedras desperdigadas y malezas que ni siquiera merecen un nombre en botánica.
Y el aire está plagado de sonidos de respiraciones de bestias y gruñidos de entidades poderosas y se sacude y se expande y se contrae y se calienta y crece como si un dragón negro y grande como la noche más larga y el león más brillante y fuerte de la historia estuvieran midiéndose y probándose y atacándose y esquivándose en una lucha ciclópea.
Que es justo lo que está ocurriendo.
La rata me mira, hay miedo y ansiedad y excitación en sus ojos de tintero. Miro a la rata, hay miedo y ansiedad y excitación en mi mirada.
Ahora que pasó lo más sorpresivo caigo en la cuenta de un hecho que es fantástico, incluso para un sueño: la voz del león es igual a la voz de Barry White.

Can't get enough of your love, babe.

Ya es muy tarde, y esta semana la estoy laburando entera, son muchas horas, sigo la semana que viene.
No resta mucho.

sábado, 2 de junio de 2007

Milton XXXIX



Y cuando despierto mis sueños son locura, maldición.
-Browning

Kisa sueña el sueño sensual y atento de los gatos.
Como todos sabemos los gatos, cuando sueñan, sueñan con tigres.

Hay sol y rige el cielo.
El calor es bochornoso. La humedad es mucha. El clima es perfecto.
Lame (sólo por lamer, sus sentidos -su atención-, están en otro lado) el agua cenagosa y tibia de la orilla del río. Antes de que se rompa en decenas de facetas circulares puede ver brevemente su terrible rostro de tigre: grande, suave, naranja, predador. Como el de sus padres y los padres de sus padres y los padres de ellos. Miles de anaranjadas generaciones rayadas en negro y blanco se juntan en ese rostro.
Entra con displicencia y gracia en el agua. Disfruta, con esa forma sensual y atenta de los gatos, de la sensación (si volara la sabría como la que sienten los pájaros al volar) del agua contra el pecho: la resistencia mínima de aquello que luego envuelve.
Nada. Elegante, como nadan los tigres.
Huele. La selva siempre huele a oscuridad, a sexo y a tierra; a vida y a muerte y a celo y a grito. También, cuando se dedica a oler, como ahora, huele a miedo y a caza.
Tiene apenas por encima del nivel del agua los implacables ojos de ámbar abiertos y expectantes. A cinco metros (ya son cuatro) un jabalí se limpia la piel en el barro seco de la orilla. Es una buena pieza: pequeña, carnosa, de cuello grueso. Está demasiado feliz mezclándose con el barro y el sol y el día perfecto como para poder oler, él también, su miedo y la caza. Como para escuchar a la infinita muerte naranja con dientes.
Ocurre.
Es un borrón de tigre y de sol y de agua y de cerdo. Naranja y rojo y verde y marrón.
Afortunadamente para todos la muerte en la selva es rápida y sencilla. Un par de patadas al cielo, un gemido ahogado que se escapa por un hocico pequeño que escupe sangre roja y brusca y brillante.
Kisa aprisiona el cuerpo mientras va perdiendo el calor bajo las poderosas garras blancas y negras. Mantiene la boca aún cerrándose, perfecta, sobre el cuello nudoso y manchado del jabalí.
Aún minutos después de que el jabalí dejara de presentar resistencia no tiene apuro en abrir las mandíbulas. Puede seguir el protocolo. Puede dejar que la adrenalina se vaya sola. Que la sangre acaricie, como un amante generoso, sus encías rosa profundo.
El camino de vuelta al cubil es tranquilo. Pleno de verde y olores familiares. El jabalí abunda en carne más no pesa mucho.
Huele, siente, sabe, como todas las madres, la presencia de sus cachorros.
Salen, con majestuosa torpeza, sucios y del todo tigres, a recibirla desde detrás de los juncos.
Son tres, huelen a saliva y a pis y a agua estancada y a amor y a mañanas pasadas.

Kisa gira mientras sueña y se acomoda. Y gime (muy bajito) ese gemido sensual y atento de los gatos.

Deja la comida en el suelo y procede a deshacerla con oficiosa prolijidad. A separar toda la carne de los huesos. A ofrecer los cálidos y jugosos órganos internos antes que otra cosa a la hambrienta turba que se pisa y se muerde para llegar primero. Con estudiado aburrimiento los corre con fuerza y amor de un zarpazo varios metros hacia atrás. Los cachorros (dos nenas, un machito, el cuarto murió en el parto) pestañean con perplejidad ante el doloroso cariño materno y vuelven a la carga todo dientes y entusiasmo.
Kisa se echa a un costado, satisfecha, a limpiarse las garras y el pecho.
Mira con orgullo como sus hijos hipan y comen atolondrados y extasiados la carne caliente y jugosa del cerdo. Mira, con ese sensual y atento amor de las gatas madres, sus terribles rostros de tigre: pequeños, suaves, naranjas, predadores. Como el ella y el de sus padres y los padres de ellos.
Y como las miles de anaranjadas generaciones rayadas en negro y blanco que engendrarán esos rostros.

Kisa despierta, se estira (ya imaginan como) y va a buscar su alimento balanceado (pollo y verdura, para gatos más bellos y para un pelo más brilloso) a la cocina. Después hace pis en su cajita con piedras y pide que le abran la puerta para ir un rato al techo de la fábrica de al lado a buscar un par de cucarachas para despuntar un poco el instinto.

A Kisa la castré a los cinco meses. Nunca va a poder ser mamá.

Kisa, cuando sueña, como todos deberíamos aprender, sueña con tigres.












sábado, 12 de mayo de 2007

Hile, Gunslinger!


"Will you drink to the Earth, and to the days which have passed upon it?
Will you drink to the fullness which was, and to friends to have passed on?
Will you drink to good company, well met?"
Brindis hecho por Roland de Gilead, ante los ancianos de Paso del Río.


Hará cosa de un mes compré (Feria del Libro, la disfruté mucho) los dos cuerpos que componen el séptimo y último volumen de La Torre Oscura.
Los terminé en muy poco tiempo.
Y me siento un poco más solo.

Estuve mucho tiempo dando vueltas con esos pibes. Casi seis mil (¿alguien se da cuenta de lo ENORME que es ese número?) páginas siguiendo a Roland y a su ka-tet (sus ka-tets), la evolución del mito y las formas en las que se desenrolla la Alta Lengua. En un mundo con un olor tan fuerte a western y a verdad y a sudor y a sonrisa y a pérdida y a pólvora que era difícil de dejar.

"Mister, we deal in lead."
Steve McQueen (Los Siete Magníficos)

Siete libros escritos en un lapso de treintaitrés años.
Roland Deschain de Gilead, Eddie Dean, Susannah Dean y Jake Chambers de Nueva York y Acho de Mundo Medio ya no están conmigo.
El viaje terminó.

Will you drink to the fullness which was, and to friends to have passed on?

Eso. No voy a cometer la imprudencia de dar un juicio sobre si terminó bien o mal, sobre los avatares de los personajes o lo que hay en el último piso de la Torre, pero sí quiero decir que me siento un poco más solo.


Pero el ka es una rueda. Y cuando el ka gira el mundo gira también.
Roland es más de lo que un personaje de ficción generalmente propone. Y agradezco haberlo conocido. Y a Jake.
Y sé que es letra-caca, pero he disfrutado muchísimo durante todo el camino. He llorado con el libro cuarto (el mejor, para mí) y con el último. Dos veces. Es una gilada, si.



So fell Lord Perth, and the countryside did shake with that thunder.

Y lo repito: era compañía lo que sentía cuando me sumergía en Mundo Medio, Mundo Final y las infinitas versiones de
Piedra Angular.

Magia.
Pocas veces se puede pedir más que eso a un hecho artísitico.


Long days and pleasant nights.
(May you have twice the number)

sábado, 3 de marzo de 2007

Milton XXXV

‘Remembering speechlessly we seek the great forgotten language, the lost lane-end into heaven, a stone, a leaf, an unfound door. Where? When? O lost, and by the wind grieved, ghost, come back again.'
- Thomas Wolfe - Look Homeward, Angel


En la tierra de la Memoria, el tiempo siempre es Ahora.
En el reino de Tiempo Atrás, los relojes marcan las horas… pero las manecillas no se mueven.
Existe una Puerta Ignota
(oh, perdido)
y la memoria es la llave que la abre.

Los Fantasmas entran. De a uno y de a tres. De a uno y de a docenas.
Estamos acostumbrados

(ellos, yo)

a eso, no es el espacio normal el que restringe sus movimientos.
El lugar es igual de plural que sus caras.
Dejan

(donde sea)

su cálido equipaje. Estamos acostumbrados a eso.
¿Siempre fue así?
Siempre es así.
Se desparraman y laten: miles de gotas de inmutable pasado caen de las valijas y las mochilas, de las manos y los bolsillos. Caen y chocan y cantan al chocar.
Una melodía de tibieza que inunda pero no sofoca, que se desarrolla con parsimonia y con el desorden de los

(sueños, ¿sueño?)

sueños.
Una multitud que no tiene formas definidas. Ni materia.
Un pájaro de miga de pan, de besos y sueño, de atardeceres de lento sol y noches de cerveza y descubrimiento. De la conspiración amarga de un cigarrillo compartido para compartir algo más importante. De sábanas sin sueño

(un pájaro que vuela)

y sueños sin sábanas.
El paraíso está dentro mío si no cometo la imprudencia de olvidar

(oh, discordia)

o, peor aún, de juzgar.
Las gotas pueden arrasar el alma.
Pero eso no sucede.
Se forma y cae la cascarita del dolor y otra gota se suma para cantar con el resto.
Atemporal.
Simple, desnudo, paraíso.
La risa

(gotas)

del Gordo Adrián antes de que la apagaran.
Un paseo a la perra en una tarde perdida.
Tres palabras (¿cuatro?) dichas con los ojos claros.
Un pan

(gotas)

con manteca y la fascinada mirada atenta a las manos callosas del abuelo.
La tortuosa enredadera en forma de cara de gato comiéndose una pared en una casa que ya no existe.
Ignorando las duras fronteras del presente por un instante los fantasmas no mezquinan el infinito dulzor de tantísimos momentos de asombro y amor.
La orgullosa

(gotas)

mirada de mi vieja, la irresistible sonrisa de mi hermana.
La vertiginosa responsabilidad ante cada gesto de amor recibido, la abrumadora satisfacción por cada sonrisa dibujada en una cara amiga.
Palabras y pieles y sueños tatúan el mapa del alma.

(oh, perdido, y por el viento abatido)

Saber usar la herramienta del recuerdo para adecuar el futuro a nuestra forma hace que los fantasmas no pierdan el tiempo.

En la tierra de la Memoria, el tiempo siempre es Ahora.
Existe una Puerta Ignota.


viernes, 27 de octubre de 2006

Milton XXV


Hamlet: Whether 'tis nobler in the mind to suffer
The slings and arrows of outrageous fortune,
Or to take arms against a sea of troubles,
And by opposing end them.

Hamlet, III, i

Nico Belz murió hoy a la madrugada.

Ayer a la noche a un Palio azul le fallaron los frenos y los aplastó a él y a su moto contra una camioneta. Su novia me llamó hace 10 minutos.

Nico tenía 30 años, un perro negro y tonto y oloroso más viejo que las pirámides y una remera de los Ramones que le envidiaba desde nuestros 17 años.

Ayer a la noche yo estaba tomando cerveza, comiendo pizza y hablando de David Lynch y Time Spiral, muchísimos chinos estaban yendo a laburar, en la tele alguien decía un lugar común sobre el superclásico y la tierra giraba sobre su eje como siempre.

Hace un buen rato que quiero ponerme a escribir de nuevo.

Hace un buen rato que me vienen sucediendo cosas bastante fuleras. Algunas muy mucho. Estos últimos meses -con un pico notorio hace una semana- estuvieron salpicados con ganas de empezar cosas y entusiasmo y con esas pequeñas y grandes tragedias que nos son comunes a todos, lo sé, pero que en lo singular, como siempre, son mi mundo y van socavando lo positivo. Desde nimiedades económicamente engorrosas como la rotura del lavarropas hasta un desgarrón emocional al cual aún no puedo verle los bordes.

Lo último que Nati me dijo hace un rato fue: “No es justo, Semi.” La pregunta se grita sola. ¿Es justo? ¿Es justo el mundo, la vida, la muerte, lo que sucede, lo que nos sucede, lo que me pasa?

Tengo esa respuesta y otra pregunta con otra respuesta.

La respuesta es: no lo sé, probablemente no. La pregunta que sigue es: ¿importa eso, está bien?

Paso y quiero.

No, no importa. Y sí, está bien.

Esta es una opinión muy personal, naturalmente, pero creo que el hecho de que el universo sea injusto (si es que el universo tiene que ser medido moralmente como una persona, cosa que es absurda pero creo que se me entiende) está bien.

Por supuesto que no apoyo la causa del universo al anegar para siempre la vida y los sueños de un tipo que dejó una guitarra sin estrenar, el proyecto casi terminado de comprarse un departamentito con la novia y a su equipo de amigos sin un zurdo muy habilidoso y medio morfón. Una acción que le robó a la economía de sus afectos probablemente cuarenta millones de minutos de risas, de consuelo, de cariño, de calor.

Con Nico fuimos a ver varias veces a Todos Tus Muertos, íbamos juntos a comprar faso a la placita del Emilio Mitre algunos viernes, nos sacábamos los ojos discutiendo sobre X-Men y Avengers y nos turnamos el peso de las mochilas de nuestros primeros desengaños amorosos. No éramos grandes amigos. Nos queríamos bien y nos veíamos eventualmente pero sabíamos aprovechar generosamente nuestras afinidades. Y me duele mucho mucho la pérdida.

Vuelvo a mi reflexión personal. ¿Patalear por eso?

No.

El hecho de que ciertas injusticias (si es que lo son, nadie conoce todas las causas y efectos) sucedan -me sucedan- hace que este mundo me mantenga como socio inversor.

Me explico: no todas las injusticias son cosas nefastas.

Yo estoy seguro de no merecer las maravillosas cosas de las que disfruto. Esto no es un elegante malabar de palabras y falsa modestia. Es verdad.

No creo que sea justo (que yo haya hecho méritos) que yo disfrute de un mundo que incluya a mis amigos, que son abismalmente generosos y nobles conmigo a pesar de quien soy. No tengo forma de justificar, sabiéndome, el amor de las mujeres a las que fue un orgullo y un privilegio tener a mi lado mientras les duraba el error de estar conmigo. Tengo demasiada (demasiada, demasiada) suerte con la gente que me quiere o me quiso. Esa injusticia es tan dulce que me maravilla todo el tiempo.

¿Es justo que un padre, una novia, un amigo pierda de forma irrevocable a un hijo, un novio, un amigo? ¿Sacarse un cuatro después de dos semanas de estudio, ostracismo y esfuerzo? ¿Que llueva después de lavar el coche? ¿Hacer 1-2-Drop luego de dos meses de testeo y cien mangos en cartas? ¿Que una nena muera de leucemia a los cuatro años? ¿Que Cruz haya ido al mundial? ¿Que la mujer a la que uno ama con tanta sinceridad y plenitud que asusta elija ser estrella en cielo ajeno? ¿Que Francella siga actuando?

No lo sé. Creo que no.

Pero sí sé que yo tampoco merezco un mundo que me ofrezca la compañía y la sonrisa de mis amigos; tener a las más sexy y cariñosa de las gatas y las tostadas con manteca. Un mundo que sin haber hecho nada meritorio me dio una madre fuerte y una hermana admirable, me dio a Radiohead y a los Skittles. Un mundo que me regaló la gloria de que la más hermosa de las mujeres que haya conocido me diga te amo, a Dragonball y a Chesterton y a River. Un mundo que sin pedirme nada me de el ron blanco, la sedosa textura de unas cálidas tetas de dama y Watchmen también es injusto.

No se si está bien vomitar todo esto, estoy escribiendo sin red, pero hoy prefiero agarrarme de esas injusticias. No son ni más ni menos que las otras.

Y no soy de los imbéciles que hablan de vasos medio llenos.

Duele como si Roberto Carlos tomara seis metros de carrera dentro de tu pecho y te pateara el corazón.

Todo esto duele como la reputísima concha de su madre.


domingo, 24 de septiembre de 2006

Milton XXII


-Hey.
-You came after me.
-I had to. People like you an' me don't find each other too often in this damn world. Please come with me, Tulip.
Reverend Jesse Custer, Tulip O'Hare - Preacher, LXVI, 14


Hoy a la mañana me devoré Preacher. Por segunda vez.
Es tan... tan jodidamente bueno. Inefablemente bueno.
Igual no iba a eso.
Jesse y Tulip son la pareja perfecta. A eso iba.
Amor. Suena pelotudo. Porque lo es.
Pero toda buena historia es una historia de amor.
Y pocas son como esta.


Until the end of the world.






martes, 6 de junio de 2006

Milton XX


Se necesitan, con inexistente urgencia pero muchas ganas:

  • 500 toneladas de madera de roble (para una buena quilla)
  • 100 toneladas de madera de pino (pino bueno, para mástiles)
  • 100 toneladas de cualquier otra madera o más de la anterior (para construcción de puente y dependencias)
  • 1200 metros cuadrados de lona fuerte y apretada
  • 3500 metros de soga de cáñamo (nueva en lo posible)
  • 30 cañones de hierro fundido para balas de cañón de 11 kilogramos
  • 120 balas de cañón de 11 kilogramos
  • 80 mosquetes en buen estado
  • 500 kilogramos de pólvora
  • 1500 perdigones
  • 80 sables
  • 80 puñales
  • 300 kilogramos de hierro
  • 200 kilogramos de bronce
  • 3000 litros de alquitrán
  • 1000 litros de ron blanco
  • 200 kilogramos de limón
  • 500 kilogramos de carne curtida a la sal
  • 3 astrolabios
  • 3 catalejos
  • 1 loro políglota (español, francés, inglés)
  • 75 personas fuertes y con pocos o ningún prurito social, aptitud para recibir órdenes y cumplirlas de inmediato, con conocimiento de armas del siglo 17, astronomía y navegación y lucha cuerpo a cuerpo y con armas blancas.

Quien pueda y quiera colaborar, puede hacérmelo saber por este medio.

A todo aquel que se presente por la participación humana (CV en mano), luego de superar una oportuna revisación psicofísica, se le garantiza participación en las ganancias de todo saqueo, quema y/o violación en que las actividades mercantiles de la empresa a formar incurra.

Muchas gracias.

Atte.

Milton




miércoles, 15 de marzo de 2006

Milton XXVI


Polonius: What do you read, my lord?

Hamlet: Words, words, words.

Hamlet, II, II

El micro, de uniforme azul, número 151 de Andesmar sale con destino a la lejana Bariloche a las 1300 en punto -con la puntualidad de los astros- de la plataforma 10 de Retiro.

Geográficamente hablando tengo el culo descansando en el asiento más superior y más izquierdo del micro. El 09 para los que dejan que la quiniela juegue con ellos. En el 10, el inmediato a la derecha, una turbulencia azul se agita. De mi mochila sale una cabeza azul y peluda. Nace con un brusco resoplar desde las profundidades de tela de avión. Milton olisquea el aire y parpadea para adaptar los ojos a la luz del día. La verdad es que entra demasiada luz del día por el parabrisas superior del 151 de Andesmar.

-¿Ya está? Esto es indigno de mí.

-Ya está -digo mientras cierro mi libro (Yo, Claudio) y le aliso las espinas del lomo-. Estamos saliendo. Además vos insististe en gastar los 130 mangos de tu pasaje en puchos y cerveza.

-Era absolutamente necesario -Milton arruga la cara y pone voz de colectivo que no va a parar, voz de directoria de primaria menstruando-. Estoy segura de que allá en el sur no voy a poder conseguir estos Gaulois -saca uno y hace ademán de encenderlo, se lo saco con furia y sorpresa-, y que toda la cerveza que vamos a encontrar es esa artesanía hippie, diabólica y contra-natura (como la pizza de ananá) con gusto a calafate, oveja o ala de pingüino. Como si para que una persona normal pudiera tomar cerveza pasando Bahía Blanca tuviera que pedir cerveza de cerveza.

-Agradecé que no haya nadie que reclame tu asiento, porque la alternativa es ir en los portaequipajes de arriba de los asientos -le digo mientras los señalo con la mano y despliego una amplia sonrisa de conductor de programa de concursos-.

Milton mete la manito derecha para no perder su página -está leyendo La Tía Tula- y con la zurda me hace un gesto que, adivino, no es la cantidad de pasajes que compramos.

El paisaje en la salida de retiro es una pastilla grande de desconsuelo. Tanta pobreza en tan poco lugar con el Sheraton de fondo es como la cara de Ashley Judd en el cuerpo de King Kong.

-A veces la miseria ajena duele en forma física. Por más cínico y refractario a la compasión que uno se crea -le digo a Milton, adivinando lo que piensa sólo con ver la expresión con la que mira por la ventana frontal del micro-.

-Tu mundo está hecho como el culo, macho.

-Si tenés alguna queja -señalo con la misma cara de antes hacia la subida de la escalera-, ahí tenés a dos promotoras del laburo del diseñador gráfico de todo lo que ves.

Cruzando el mínimo pasillo, el las ubicaciones 11 y 12 del 151 de Andesmar se están acomodando dos monjas.


domingo, 22 de enero de 2006

Milton XX


La resaca es una ciénaga en la mente.

El mundo está desacomodado.

Me siento (no recordaba haberme acostado con los pies sobre las almohadas), lentamente. Algo dentro de mi cráneo se abre como un cierre relámpago y escucho un “uhhh…” que sé que debe ser mío, pero viene de muy lejos, de muy otro. Vuelvo a acostarme, pero esta posición no tiene tampoco nada de bueno, así que lo único que imagino que va a atenuar este infierno es un buen lavado de cara y de dientes, muchas pastillas de paracetamol, la mitad de la producción anual de café de Colombia y un antiácido del tamaño de la medialuna del Camp Nou.

Mientras me arrastro hasta el baño pienso que posiblemente un zombie del Resident Evil con tres tiros encima debe parecer Julio Bocca en comparación conmigo a la hora de moverse. Esto -sí, estoy jodido- me causa gracia y tengo el terrible reflejo de sonreírme. Sonreírse duele, el cierre relámpago ya no se abre, le saltan todos los dientes; y un rumor ciego y apelmazado, como de miles de hormigas enojadísimas, me aprieta con pavorosa fuerza la parte de atrás de los ojos.

Milton ve mi Epopeya-en-busca-del-Baño desde el patio. Está ensillando a Tumba para su cabalgata matinal. Se sonríe y me dice: “Que look, Skywalker. ¿Siempre te levantás así o sólo para festejar los días tan buenos como este?”

Trato de contestar, pero tengo la boca empastada, como si mis dientes, lengua y paladar estuvieran hechos del relleno de los Snickers y se negaran a actuar por separado. Me sale algo así como: “ssssssssnacussssssssssssu tumá”. Si el traductor de la ONU que se ocupa de traducir resacoso-español estuviera presente le diría a Milton: “Delegada, aquí el señor Urralburu la exhorta a que se vaya bien a la concha de su señora madre, si no le es mucha molestia”. Milton sonríe aún más que antes (ya tiene el sombrero puesto) y me dice: “Si mi amor”. Tiene razón, pienso, es un día precioso.

El espejo del baño es particularmente cruel hoy y se sintoniza en la versión apocalíptica de la cara que creo tener. La versión Burton de mi jeta. Me asusto: parezco dos kilos de helado de mierda metidos en un pote de un kilo.

Me lavo la cara y los dientes con tanta fuerza y tanta esperanza que bien podría ser una plegaria a los oscuros dioses que hacen doler detrás de los ojos y, con cuatro pastillas de Tafirol en la mano, pongo primera (y no salgo de ella) hacia la cocina.

Milton me espera sentada sobre la mesada, jugueteando con el piercing de su pezón, el sombrero echado hacia atrás y una taza enorme de café caliente en la mano. La cura del cáncer, el desarme mundial, la invasión de los hombres M&M, el MGS 4 conmigo como protagonista… ninguna noticia tendría tanto lugar en mi mente como para hacerle sombra a una simple taza de café. Miro la taza como Adán debe de haber mirado a Eva la primera vez que Dios los puso juntos en el mismo boliche.

Milton me la pasa y me ofrece unas tostadas con Tholem, también.

Estoy por llorar de la emoción. Es tan buena, es tan linda… “Necesito quinientos mangos, monumento a la mala mañana”… es una perra sarnosa la muy interesada.

Primero el café, después vemos todo lo demás.

Milton es paciente, saca un pucho de su atado de Gitanes, lo enciende y se entretiene silbando Misty Mountain Hop mientras resuelve la Claringrilla.

Ahora sí. Por fin viene un palo largo de cuatro, cubro ese agujero finito de la derecha, hago tetris y bajo un poco el nivel de ladrillos.

El mundo vuelve a acomodarse.

-¿Quinientos mangos?

-Yap.

-Ta bien… sabés que voy a terminar dándotelos. ¿Podemos discutir con la soltura y sinceridad de quienes ya pasaron por la negociación?

-Podemos.

-¿Porqué no laburás?

-Laburo, no es una acitivdad que me deje dinero, pero tengo varios trabajos muy serios.

-…

-Este no es el tema de discusión. Además tengo algo preparado que te va a sorprender en cuanto a laburo.

Más sorpresas no…

-OK… ¿para qué los querés?

Sonríe como un picnic de día de la primavera en el Parque Sarmiento a los once años.

-Me voy a comprar una moto.

-Dios…

-Sabía que te iba a encantar.

-No hay motos para tu tamaño.

-No, no de serie.

-Contame.

-Bueno, ¿viste Gabi, el coloradito?

-…

-El primo de Adrián.

-… si…

-Él tiene una casa de modelismo. Vamos a adaptar una maqueta grande con un motor de 25 y vamos a hacerla andar.

Quiero enojarme, pero en el fondo me encanta la idea… desde el conejo en motoneta de Tito que este tipo de cosas me causan mucha gracia. Sonrío, con ganas.

-¿Y qué maqueta van a adaptar?

En el picnic aparecen 10 litros de Coca helada, kilos de papas fritas y una número cinco nueva. La sonrisa le come la cara a Milton.

-Kawazaki Ninja.


jueves, 19 de enero de 2006

Milton XIX


…God damn it, an entire generation pumping gas, waiting tables; slaves with white collars. Advertising has us chasing cars and clothes, working jobs we hate so we can buy shit we don't need. We're the middle children of history, man.

-Tyler Durden


*CLICK!*

-…!

-¡Rápido!

(No le deseo a mucha gente despertarse en medio de la noche con un puerco espín parado sobre el pecho gritándole).

-…

-¡Rápido!

-…¿Qué…? ¡¿Qué pasa?!

-Ya, decime cinco cosas que te gusten mucho. ¡Ya!

-…Dejate de joder, mirá la hora que es.

-¡Ya-ya-ya-ya-ya-ya!

-No te vas a ir, ¿no?

-Cinco cosas, las primeras que te vengan a la mente. ¡Ya-ya-ya-ya-ya-ya!

-Bueh… Dejame pensar…

-No, ¡sin pensar! ¡Ya-ya-ya-ya-ya-ya!

-Pero…

-Que te gusten. ¡Ya-ya-ya-ya-ya-ya!

-Mmm…

-Las cinco que se te ocurran primero, sin pensar mucho. ¡Ya-ya-ya-ya-ya-ya!

-OK… un tren… mejor dicho, un viaje en tren, largo, con mucho sol, viento y el mundo entero entrando por la ventanilla sin pedir permiso y llenándote la cara.

-¡Otra!

-El momento ese… fuera del tiempo, en el que apoyás la cabeza en la panza de tu chica después de hacer el amor y estás seguro de que estás a salvo de todos los males de este mundo.

-¡Otra!

-…

-¡Ya!

-El olor a tostadas, a pan tostado y café haciéndose en la cocina mientras estás en la cama, tapado por completo, sin estar ni despierto ni dormido y sabés que no hace ninguna falta que te levantes.

-¡Otra!

-La risa… de Sabri, o un amigo… Tito, Pablo… cuando es tan sincera que no sabés si se están riendo o van a sacar un conejo de la garganta.

-¡Otra!

-…

-¡Dale!

-Que se yo…

-¡Dale!

-No sé… Be Mine, de REM.

-Muy bien,- se baja, con papel y lápiz, primero de mi pecho y luego de la cama- muchas gracias.

-¡Pará!

-¿Si?

-¿A qué vino todo eso?

-Nada. Quería saber en dónde metías a las azafatas suecas, los autos italianos, Cancún, las zapatillas de quinientos mangos, la paz mundial, los boliches de la Costanera, el culo de Nicole Neumann, los celulares con rayos X o toda la demás parafernalia electrónica cuando estás en apuros.

-…

-Ahá.

-Supongo que el culo es la cuarta dimensión, ¿no? Debe haber miles de cosas ahí y no vemos ninguna.

-Eso parece… buenas noches.

*CLICK!*


jueves, 5 de enero de 2006

Milton XVI


Milton no comprende el spam. Dice no creer en tal cosa.

Milton es un bicho curioso. Bah, bicha. Curiosa.

Se toma su tiempo y unas tres o cuatro tazas de café para contestar puntualmente toda correspondencia que llegue a su casilla. Spam, cadenas, publicidades, etc.

Transcribo, para ilustrar:

“Estimado Out of Liabilities :

Saludos cordiales.

Con respecto a su mail que tiene por título: “Be a real man, enlarge your penis”, me gustaría hacerle algunas consideraciones, dadas mis circunstancias.

La verdad es que considero poco probable (para no usar un término tan poco feliz como imposible) que pueda usted garantizarme el alargamiento de mi pene, ya que no dispongo de tal apéndice. Sería como proponerse peinar a un pescado.

De todas maneras, teniendo en cuenta su tenacidad y el interés que demuestra en ello viendo que me manda la misma correspondencia en forma periódica, le propongo lo siguiente: yo me implanto un pene, pequeño por defecto (mido 30 centímetros por el momento, con las espinas en reposo), para poder hacer que usted cumpla con lo que tanto desea. Luego usted, mediante su seguramente hábil y fantástica intervención, me lo agranda. Asumo que la medida final viene a pedido del cliente. Digamos, para dejar ya algunas cosas establecidas, unos veintitrés centímetros. Luego de eso, y con la estimulación pertinente, me dedicaría a embestir prolija y profusamente su lastimoso y pedorro culo con mi nuevo y “enlarged” choto. ¿Cerramos trato?

Suya.

Milton.

PD: Pincho un poco cuando estoy excitada, pero vale la pena.”

Otro:

“Estimado Arthur :

Saludos cordiales.

Con respecto a su mail que recibí ayer, con encabezado: “Free Teen Online CamParty invite”, me gustaría compartir una idea con usted.

La verdad es que la pornografía me aburre, mortalmente. De todas maneras mentiría si dijera que no disfruto ocasionalmente de algún producto en esa línea, ya que me sorprende y maravilla lo delicado de los guiones y la esmerada puesta en escena de algunos filmes del género. Pero, teniendo en cuenta su invitación, querría hacerle una contraoferta: prometo consumir, comprar y entregar mi alma al infierno de los pop-ups si usted, querido Arthur (un nombre muy bonito, por cierto), me ofrece un producto en el que tres atléticos, jóvenes y saludables ugandeses morochos y sudorosos hagan con su, seguramente, consumido por la masturbación y podrido cuerpo todo lo que a mi jodida mente se le antoje. ¿Le parece? Si es así, no demore en contestarme y corro a comprar una webcam.

Suya.

Milton.”

Un último:

“Estimada Laura Gresci :

Saludos cordiales.

Tengo sólo un comentario que hacerle a su agradable y desinteresada propuesta, expuesta en el mail que usted me envía, titulado: “Boletín de trabajo para masajistas”.

Usted se droga muchísimo, ¿no?

Suya.

Milton.”

Jeh.


domingo, 18 de diciembre de 2005

Milton XIII


Volvemos, siempre volvemos a lo mismo.
Encerrado en el incesante laberinto que el tiempo nos impone y nosotros llamamos vida, mi estupidez me propone las mismas empecinadas preguntas en forma periódica.


No así. Lo que mi barro ha bendecido
no lo voy a negar como un cobarde.
Sé que una cosa no hay. Es el olvido;
sé que en la eternidad perdura y arde
lo mucho y precioso que he perdido:
esa fragua, esa luna y esa tarde.


-Pero, seriamente, ¿me decís que no existe?, ¿o me decís que existe? Ponete de acuerdo.

-A eso voy. No lo sé. No lo creo. El olvido olvido. Bah, tal vez yo no pueda practicarlo.

-Blah…

-O sea: uno cree que siempre olvida, cosas que vos o yo decimos a diario: “me olvidé las llaves”;“¡Uhh! me olvidé de llamarte”;”olvidé la tabla del dos”;”olvidate de todo, tomate otra birra”…

-Eso. Cerveza. (Milton tiene la fortuna de que en su especie la panza cervecera se considera un hábito estético agradable. Destapa con delicadas garras –ya está canchera- otra Heineken de litro.) Si, te escucho. (Me dice mientras pela maníes con la facilidad con la que Optimus Prime diría “Autobots transfórmense y avancen”.) Además no es que esté en desacuerdo con vos. Sino que creo que habría que hablar de distintos olvidos. De diferentes grados de recuerdo. El Olvido Universal y el olvido del hombre. Que no deja de ser un granito de arena en la playa del tiempo y del recuerdo. Y además creo que casi nada merece ser recordado. Todo vuelve a pasar. Con infinito tiempo, todo vuelve.

-¿Entonces el Olvido Universal no existe y el olvido en minúsculas si?

-Sorta.

-No lo sé. No pienso eso hoy.

-¿Entonces? (la sonriente ascua del cigarrillo dibuja un círculo alrededor de la cara de Milton, ahora que la oscuridad del crepúsculo va ganando terreno.)


Deeds wich populate the dimensions of space and which reach their end when someone dies may cause us wonderment, but one thing, or an infinite number of things, dies in every final agony, unless there is a universal memory as the theosophists have conjectured. In time there was a day that extinguished the last eyes to see Christ; the battle of Junín and the love of Helen died with the death of a man. What will die with me when I die, what pathetic or fragile will the world lose? The voice of Macedonio Fernández, the image of a red horse in the vacant lot at Serrano and Charcas, a bar of sulphur in the drawer of a mahogany desk?


-Supongo, como ya hemos discutido, que el olvido final y verdadero es la muerte.

-¿O sea que hay que ser fiambre para perder la imagen de la figurita 34 del álbum de los Thundercats? ¿O la cara del sodero de tu casa primera? ¿O la lista del curso de cuarto grado? (sonrisa. Adoro esa sonrisa. Si fuera mi hija, sería ese rasgo lo más cercano que hubiera heredado de mí.)

-Tal vez. O tal vez no hace falta ser tan ridículo como para proponer eso. Pero ya que querés llevarlo a términos absurdos, sí.

-…

-Por ejemplo… la lista del curso de cuarto grado se hizo olvido cuando murió aquella persona a la que le importaba, cuando esa persona murió y pasó a ser una persona que en su parcela de recuerdos atesora, y mantiene vivos, la forma precisa de las marcas del uso en un joystick, o la manera en la que se le marca la remera a la prima de un amigo, o el ruido que hacen las Criollitas cuando se parten por mucha presión con el cuchillo y la manteca.

-Oh… estás muy cerca del arco y no me puse los guantes.

-(Sonrisa.) A eso voy. Esas pequeñas muertes. Esos pequeños suicidios que uno tiene y que generalmente pasan inadvertidos.

-O.K. Gol. Uno a cero. Pero tengo que decirte que, entonces, estás refutando tu propia proposición primaria.

-¿No existe el olvido?

-Ajap.

-No existe el olvido selectivo. Uno no puede hacerse un mini seppuku para olvidar a propósito. Yo no puedo. Por más doloroso que sea. No existe la eutanasia de recuerdos.

-Pero olvidaste alguna vez. O querés hacerlo. ¿Qué es lo que te abruma? ¿El olor de tus muchas muertes o la imposibilidad de matar ahora?

-Me preocupa el monopolio de la cerveza.

-Mea culpa. (La botella se acerca, como guiada por la furiosa cabeza del cigarrillo.)

-Me molestar olvidar, cualquier cosa. Y me molesta recordar cuando el olvido es la respuesta correcta. Pero más me preocupa la muerte de cosas que yo juzgaba eternas o, mejor dicho, dentro de la eternidad de mi existencia. No sé si el muerto estaba más vivo que el sobreviviente.

-La muerte es lo único fatal. Pero a veces se vuelve de la muerte.

-Sí, pero, ¿en qué forma? Un zombi que recuerda no deja de ser un zombi.

-¿Tas jodido?

-No. No lo creo. No lo sé.

-Los trucos del arcade del 1942.

-¿?

-¿Olvidaste eso?

-¿La forma de poner las palancas para tener las armas?

-Naturalmente.

-Si, aún recuerdo algunas… pero me acuerdo de los trucos para el zapatito del Bubble Bobble, y para los caramelitos.

-No es tan grave, entonces.

-Los cadáveres recientes apestan.

-Olvidate de todo, tomate otra birra.

-Amén.


He could reconstruct all his dreams, all his fancies. Two or three times he had reconstructed an entire day. He told me: I have more memories in myself alone than all men have had since the world was a world. And again: My dreams are like your vigils. And again, toward dawn: My memory, sir, is like a garbage disposal.